


Hoy, cuando el papel amenaza con desaparecer y la modernidad lo vuelve todo frío y desechable, el hijo del fundador mantiene encendida esa lámpara sagrada, demostrando que este rincón no es un negocio... es un sentimiento profundo que late en el pecho de cada goyano. Desde esa pequeña abertura se domina el pulso de la ciudad. Justo enfrente se levanta el gigante verde de Goya: ese emblemático árbol de yerba mate —dicen que el más grande del país y dicen que es un ficus— que con su copa caótica y monumental regala sombra a los vecinos que se sientan a descansar. Por el espejo de esa esquina desfilan todas nuestras postales: los vestidos blancos de las comuniones, las quinceañeras , los novios que darán el si y los quinceañeras camino a la iglesia a solo unos metros También las caras largas o sonrientes que salen del casino a quince metros; las filas en el banco provincial y el bullicio de los chicos del Colegio Santa Teresa. Entrar a este espacio es viajar al pasado. En la vereda, un perro viejo y cansino duerme bajo la pequeña galería de un metro y medio o afuera según el clima. Adentro, las paredes respiran la historia viva de Goya, los caramelos Media Hora se resisten a desaparecer y las revistas sobreviven colgadas en un pizarrón, tal como hace décadas. Hablamos con Víctor Rubén Gauna, quien heredó de su padre, Raúl, la custodia de este templo de la nostalgia; el testigo silencioso que mejor nos conoce.
Un frío calador abraza la esquina. Me sebo un mate amargo mientras me acomodo como en un viejo bodegón apoyando mí brazo en la muy pequeña mesada de la ventanita. El espacio adentro es un misterio de la física: mide apenas algo más de un metro de ancho. Al lado de una pequeña fotocopiadora, las cajas de golosinas, las pilas de diarios viejos y los estantes están dispuestos con un orden caótico, una geografía secreta que solo sus manos entienden perfectamente. Afuera, la gente pasa apurada, con las narices escondidas detrás de bufandas gruesas, pero al ver la luz de la ventanita, el saludo cantado no se hace esperar: "¡Rubén!". El vapor de la pava eléctrica inunda el cubículo mientras prepara su desayuno detrás del mostrador.
— El Triángulo ya es parte del paisaje goyano, ¿cómo empezó esta historia?
— Esto empezó con mi viejo, Raúl Gauna. Él levantó este kiosco y ya llevamos 40 años firmes en esta esquina. Para mí, este lugar no es solo un trabajo; es mi vida entera y el legado de mi padre. Crecí acá adentro, viendo cómo cambiaba la ciudad a través de esta ventanita. Una particularidad que sorprende a muchos es que los locales de este edificio son de propiedad individual, ninguno se alquila. Eso nos dio la estabilidad para resistir el paso del tiempo y transformarnos en un punto de referencia fijo para todos los vecinos.
— En cuarenta años el mundo cambió por completo. ¿Cómo afectó la llegada de internet a un kiosco tradicional de diarios y revistas?
Ruben piensa, mueve la cabeza de lado a lado y está convencido de lo que dice.
— El cambio fue rotundo. Antes, la gente pasaba temprano a buscar el diario o la revista para enterarse de lo que pasaba. Hoy, la gran mayoría prefiere informarse al instante por internet a través del celular. Esa evolución tecnológica golpeó fuerte la venta de papel, pero el impacto va más allá. Al no venir a buscar el diario, la gente también dejó de comprar otros productos cotidianos que siempre salían juntos. Tuvimos que adaptarnos a un cliente que se mueve a otro ritmo.
— Me imagino que lo mismo habrá pasado con otros clásicos del kiosco, como el cigarrillo o las viejas golosinas.
— Sí, la venta de cigarrillos disminuyó muchísimo. Las dos tabacaleras principales fusionaron sus marcas históricas y de tres etiquetas hicieron una sola. Hoy se vende apenas un 20% de lo que yo bajaba hace quince años atrás; influye el bolsillo y también la publicidad de advertencia que viene impresa en el atado. Con las golosinas pasa algo similar. El caramelo Media Hora, por ejemplo, todavía existe y se resiste a desaparecer, aunque justo ahora no me quede stock.
Me tomo otro mate, que se enfría rápido por los siete grados que hace a esta hora las 7,30. Dos vecinos clavan los ojos en el pizarrón de la vereda, deteniéndose a mirar las vistosas tapas de las revistas semanales que subsisten, invictas y coloridas, desafiando a las pantallas digitales. En la plaza de enfrente, el pasto amaneció cubierto por una delicada capa de escarcha blanca que brilla bajo el sol débil de la mañana goyana.
— Mantener las persianas arriba tantos años exige un esfuerzo enorme. ¿A qué hora se abre acá? Porque uno pasa temprano y la ventanita ya está lista.
— Ahora en invierno vengo un poquito más tarde, a eso de las seis o seis y cuarto. Pero mi despertador suena siempre a las cinco de la mañana. Me levanto, me lavo la cara y arranco; yo no desayuno en mi casa, desayuno acá. Es una rutina sacrificada pero muy linda. Se empieza temprano para recibir a los madrugadores.
— Esta ventana actúa prácticamente como una cámara filmadora. Estar sentado acá tantas horas te convierte en el veedor de cosas que el resto no nota: los que van a cobrar, a la escuela, las discusiones...
— Sí, totalmente, aunque para mí ya pasó a ser parte del paisaje. Uno está trabajando y quizás no le presta la atención exagerada que le daría alguien de afuera. Para mí ver pasar los trajes y los vestidos de los casamientos o bautismos en la iglesia todos los fines de semana ya es algo natural de esta esquina.
— Aun así, el kiosco sigue siendo una excusa perfecta para el encuentro. Detrás de esa rutina están los vínculos, ¿no?
— Totalmente. Acá el que viene no es un simple comprador. Con los años, los clientes habituales pasaron a ser amigos. Compartimos mates y charlas sobre cómo está Goya. Por ejemplo, hay un chico no vidente (en realidad ya es un adulto) que trabaja en el sanatorio de la Mujer y el Niño; viene en colectivo, se baja en la plaza y camina hacia acá guiándose con el bastón porque llega a distinguir algunos bultos. Él es de Boca y yo soy de River. Siempre nos cruzamos los mismos chistes futboleros y, aunque no haya partido, se queda un rato a conversar y nos reímos. Hay muchos amigos así, de la barriada, que vienen a buscar tu opinión o simplemente a conversar dos palabras.
El perro callejero de pelaje negro se acurruca tratando de minimizar el frío . El sol aún no asoma.
— Goya creció mucho en estas décadas. ¿Cómo se vive el tema de la seguridad desde este rincón histórico?
— Afortunadamente no me puedo quejar en el sentido más grave: nunca sufrí robos violentos o asaltos a mano armada. Lo que sí nos ha tocado padecer con el paso del tiempo son los hechos de vandalismo, más que nada a la noche cuando todo queda cerrado. En épocas en que el kiosco no tenía tantas protecciones, me rompieron los vidrios infinidad de veces para llevarse dos cajas de pastillas. Me salía mucho más caro reponer el cristal que el botín que se llevaban. Mi viejo, en cambio, sí llegó a presenciar un gran robo: estuvo cuando le arrebataron la recaudación sin custodia a un hombre de la empresa La Nueva que venía a depositar temprano al banco.
— Con cuarenta años de asistir al mismo rincón, ¿se puede vivir hoy de un kiosco?
— Evidentemente sí se pudo, porque yo lo viví con mi viejo hace 40 años. Antes, cuando el banco de enfrente se llenaba de esas colas inmensas de verdad, valía la pena el sacrificio. Hoy la realidad es otra; me estoy hamacando para llegar a fin de mes debido a la caída general de las ventas. Hoy quizás hay diez personas en la fila del banco y ninguna se cruza a comprar, pero estar acá a las seis de la mañana ya es una obligación que tengo conmigo mismo. A mí mi viejo me enseñó a trabajar así; atiendo al público desde los 12 años porque antes teníamos un almacén. Tu único patrón es el cliente, y el cliente viene porque sabe que va a encontrar abierto.
— ¿Hasta cuándo pensás estar al frente de la ventanita?
— Mirá, lo cierto es que estoy bastante cansado. Llevo una vida de trabajo desde muy temprana edad. A veces la monotonía te desgasta. Yo tengo mis impuestos de la casa y del negocio al día, el monotributo, rentas, todo pago; eso es lo que me deja dormir tranquilo por las noches. Pero el cansancio está.
Me tomo otro mate casi para aparentar disfrutarlo, pero en rigor de verdad lo estoy padeciendo de tan helado. Es que tomar mate solo en la vereda no es muy práctico. Vuelvo a mirar el horizonte verde, más allá de la escarcha que empieza a derretirse bajo el sol que por parte asoma.
— ¿Pagas jubilación?
— Sí, sí, por supuesto. Si no, no podés trabajar. Tengo todo. Monotributo, rentas, todo, todo. Como te decía, los impuestos de mi casa también, todo pagado. Es decir, eso es lo que me deja dormir.
— ¿Y cómo se piensa la continuidad de "El Triángulo" al no tener hijos?
— Yo soy soltero y no tengo hijos, aunque sí tengo a mi hermano y a mi sobrina. Yo voy a seguir hasta donde pueda, pero lo que ya no quiero es la carga de tanta responsabilidad. Cumplir horarios sin la obligación externa de cumplirlos es difícil porque te lo imponés vos mismo. A mí me encanta ir a pescar, pero por el negocio nunca puedo. Me invitan mis amigos un sábado y tengo que decir que no porque al mediodía llega el camión de las gaseosas, o porque el domingo temprano tengo que repartir los diarios que llegan de afuera. Ese es mi cansancio actual: saber que mis amigos ya están en el río disfrutando y yo sigo acá en la esquina, esperando que alguien se apiade y me espere hasta las doce y media, cuando por fin puedo cerrar.
La mañana apenas empieza a desperezarse sobre la vereda de Belgrano y España. Guardo el termo, acomodo mi mate bajo el brazo y me preparo para regresar.
— ¿Cuándo va a salir la entrevista?— pregunta él con una curiosidad mansa asomada a la ventanita, mientras rompe la distancia de las preguntas para volver a la calidez de la charla. Le conteste que el domingo en las redes y lunes en POWER NOTICIAS. Le pido sacarnos una selfie para eternizar el momento, un registro digital en medio de tanta resistencia de papel. Rubén asiente con una sonrisa cómplice, pero pone una sola condición innegociable:
— Bueno, pero no me saco la gorra.
Su advertencia, cargada de esa autenticidad tan nuestra, me da el pie perfecto para acomodarme el sombrero y sonreír frente a la pantalla. Un pacto silencioso entre dos hombres de vereda. La foto captura el instante: dos abrigos contra el frío de Goya, dos tocados que cuidan las ideas y, de fondo, el triángulo milimétrico donde el legado de don Raúl sigue vivo. Me alejo caminando despacio, sabiendo que mientras las mañanas invernales sigan teniendo la luz de esa esquina encendida, mientras sobrevivan espacios donde el ciudadano se de cita espontánea para hablar sin libreto, nuestra historia estará a salvo.