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9 | 2026-06-26 08:06:39


DIÁLOGOS DE VEREDA
Hermana Alcira Blanco: una vida imposible de no admirar


Por Ramón Cavalieri - La cita era a las once de la mañana en el Colegio Santa Teresa de Jesús, emblemática institución de la ciudad de Goya, Corrientes. Allí me esperaba Elcira Blanco, una monja de 86 años que atravesó gran parte de la historia de la casa. Ella es quien escribe día a día, a mano en un libro, cada cosa que sucede; inclusive, el estado del tiempo.

La esperaba en una sala de tres cómodos sillones, testigos de importantes reuniones. Ella bajó con su andador por un moderno ascensor. Me presenté:

— Hola hermana, ¿no sé si recuerda quién soy yo?

— El hijo de Margarita Cavalieri —respondió de inmediato—. Mi madre era muy activa en la comunidad de la Catedral—. Y remató: "Tengo dos de tus libros: Vivir en la corrupción y Midiendo los medios".

Con esa respuesta me dijo todo. Su mente es prodigiosa, aunque ella misma afirme con humor que tiene todos los “isis”: esclerosis, fibrosis, etc. Se sentó a mi lado. Su sola presencia irradiaba un aura de paz y sosiego. El ayuda memoria de preguntas que yo llevaba fue a parar automáticamente a mi papelera de reciclaje mental. Las preguntas surgieron solas, una trayendo a la siguiente. No hacía falta nada más.

La chispa de la vocación

— Hermana, ¿qué la llevó a tomar este camino? ¿Cómo nació su decisión?
— De chica me acuerdo que, tendría 6 años por ahí, más o menos, ya decía: "Quiero ser monja". De dónde lo saqué, no sé. En ese entonces vivíamos en la provincia de Santa Fe por el trabajo de mi papá, que era director de escuelas y lo trasladaban. Una tía mía, hermana de mi mamá, agarraba una toalla, me la ponía en la cabeza y me decía: "¿Así vas a ser monjita?". Son esas cosas de la infancia que uno no dimensiona.

Luego, cuando ya estaba en cuarto año de la Escuela Normal, formaba parte de la Acción Católica, que en ese entonces tenía mucha fuerza. En el mes de julio hicimos un retiro espiritual justo aquí, en este Colegio. Me acuerdo que vino un padre salesiano, Crescencio Martínez, no me lo voy a olvidar jamás. El último día, que era domingo, fuimos en peregrinación a la capilla de La Milagrosa y el padre habló sobre los estados de vida: el matrimonio, la soltería y la vida religiosa. Yo no sé qué sentí en ese momento, pero me conmovió profundamente.

Al regresar al Colegio a buscar los bolsos, estábamos en el hall donde todavía no estaba la pecera. Me fui sola a la capilla a llorar. Una hermana me vio y me preguntó: "¿Qué tuviste llorando? ¿Qué te pasó?". Le respondí: "Es que quiero ser religiosa". Ella me miró y me dijo: "¿Por eso llorás? Vení", y me llevó directo a hablar con la superiora.

— ¿Qué edad tenía usted en ese momento?

— Tenía 17 años y estaba cursando cuarto año. Me acuerdo que la biblioteca de hoy era la sala de atención de la hermana superiora. Cuando le conté a mi hermana lo que había decidido, quedó asombrada. Volvíamos las tres a casa y ella me decía: "¿Pero ¿cómo vas a ser religiosa, hermana? No puede ser, mira que hemos aseado nuestra habitación juntas, dormimos juntas...". No lo podía creer. En ese entonces el discernimiento vocacional no tenía las pautas que tiene ahora. Así fue el inicio.

La promesa a un padre

— ¿Y cómo reaccionó su familia al enterarse?

— Se ve que fueron momentos muy fuertes porque me quedaron las imágenes grabadas. Mi mamá me dijo: "Bueno, después voy a hablar con papá", porque antes las cosas eran así. Papá no quería saber nada, y eso que él formaba parte de la Acción Católica de hombres.

Me acuerdo de un vecino, que era militar suboficial y tenía siete hijas. Mi papá, en su resistencia, llegó a decirle a otros: "¿Por qué Dios no se lleva a una de las hijas que tenés tantas? Yo tengo solo dos hijas". Pero la palabra antes era santa. Finalmente, papá me puso una condición: "Te voy a dar el permiso si te recibís de maestra".

— ¿Y llegó a ser maestra?

— Sí, me recibí en la Escuela Normal. Y ejercí, pero ya adentro del convento, porque era en el año 1955 y las clases terminaron antes. (Alusión al problema político de la Argentina). Durante el proceso previo, venía los sábados cada quince días a hablar con las hermanas, especialmente con la rectora Rosa Peretto. En esa época el colegio todavía tenía pupilas.

"El Señor nos ama tal como somos y obra en nosotros desde nuestro propio ser."

Dios nos ama como somos

— Si pudiera resumir la mayor enseñanza que le dejó la vida religiosa, ¿cuál sería?
— En aquel entonces yo no entendía las cosas como uno las comprende ahora, con tantos documentos de la Iglesia y con más formación. Yo no entendía por qué el Señor me había elegido a mí. Incluso se lo pregunté una vez a mi mamá: "¿Por qué yo y no mi hermana, si ella es más obediente y no contesta tanto?". Y mamá me contestó: "Por eso mismo".

La mayor enseñanza que me dejó la vida es la convicción de que el Señor nos ama tal como somos y que obra en nosotros desde nuestro propio ser. Si no fuera así, yo hubiera sido una amargada.

— ¿Quiso abandonar el camino en alguna oportunidad?

— Cuando era joven, sí. Éramos una familia muy unida y se extrañaba muchísimo. Eso era lo más difícil de la vida en el convento. Más adelante no sé si tuve la idea, si pasó, fue una tentación muy leve. De chica yo le decía a mi papá y a mi mamá: "Me quiero casar y tener muchos hijos".

— Y hoy, viendo todo el camino recorrido, ¿no está arrepentida?

— No, de ninguna manera. Cada día le agradezco al Señor, a pesar de todas mis limitaciones físicas actuales. Muchos dicen que, si pudieran volver el tiempo atrás, harían las cosas de otra manera. Yo no. Verdaderamente no. Creo que hoy comprendo mucho más la grandeza del llamado del Señor. Sé que Él cuenta conmigo, a pesar de mis dolores corporales, para seguir construyendo el Reino.

Cambios en Goya y la llegada de internet

— ¿Qué cambios observa en Goya más allá de lo edilicio?

— Veo una fuerte tendencia a impulsar todo lo cultural, las muestras de teatro, y lo veo muy bien. Nosotros también hacíamos teatro aquí en el colegio.
(NdR: En ese instante, la memoria de la entrevistada me hace interrumpir el libreto y recordar momentos que me tocan de cerca).

— ¡Es verdad! Yo estuve actúe en la primera muestra, cuando inauguraron fui Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria.

— ¡Sí! (se emociona). Me llena de orgullo ver lo cariñosos y atentos que son los chicos hoy en día. A veces me ven con el andador y me dicen: "Hermana, ¿la llevo?".
— ¿Cómo maneja el cambio que introdujo internet? ¿La balanza se inclina para el lado positivo o negativo?

— Me inclino totalmente hacia lo positivo. Si quiero visitar a un enfermo y no puedo moverme, el celular me lo facilita; les mando mensajes. Mis contactos diarios aumentaron muchísimo y trato de contestarles a todos. A veces les mando un saludo a la mañana o cosas lindas que me llegan. Los emoticones ya los guardé todos porque vienen muy bien (risas).

Hace poco alguien me mandó una oración cortita por Venezuela con la imagen de la Virgen. Cuando las oraciones son cortas, son más asequibles para la gente. Le agregué el emoticón de un Rosario y la reenvié. Incluso la coordinadora general de un colegio nuestro en Argüello, Córdoba, me contestó: "Mañana, apenas entremos, vamos a rezar esta oración". Uno nunca sabe el alcance de un mensaje. Miro el celular y pienso: "Esto le va a venir bien a tal persona", y lo comparto.
— ¿Anduvo investigando las redes? ¿Tiene Facebook?

— Entro y miro. A veces la gente pone cosas, leo donde dice "enviar mensaje" y les escribo. Pero trato de no cargarme demasiado para no hacerme adicta ni que me quite tiempo de mis obligaciones.

"La actitud de cambio es difícil a cierta edad, pero la Iglesia no puede apartarse del ritmo de la sociedad."

El peso de un nombre: Marta Pelloni

— Al estar en el Colegio Santa Teresa, es imposible no preguntarle por la persona que quizás más conoce la historia de esta institución. ¿Qué le trae a la mente el nombre de Marta Pelloni?

— Ella descubrió muy bien que su misión era pelear por la dignidad de la persona. Se le dieron las condiciones para hacerlo; primero en Catamarca con el caso de aquella alumna, y aquí en Goya cuando vio la realidad de los chicos que se vendían. Ella siempre dice que va a seguir adelante mientras el cuerpo y la mente le den luz. Por eso hoy sigue viajando y armando foros por todos lados.

Tradición, cambios y la Iglesia de hoy

— En lo estrictamente religioso, tuvimos un cambio de Papa. Siempre que hay una transición, se nota una tensión entre los sectores más estrictos del dogma —que añoran las misas en latín o de espaldas— y los que buscan cambios. ¿Hay que buscar un justo medio?

— La Iglesia, como cuerpo de bautizados, vive dentro de una sociedad. Por lo tanto, no puede apartarse del ritmo de crecimiento o de cambio de época de esa sociedad, manteniendo siempre sus principios.

Pensemos en el púlpito antiguo de la Catedral: antes los sacerdotes subían por una escalerita para hablar desde arriba. Cuando apareció el micrófono y el sonido, se produjo una revolución. La Iglesia tomó esa tecnología porque vio que le venía bien. Gracias a eso, la gente ya no tiene que estar con el cuello duro mirando hacia arriba; puede escuchar sentada y cómoda en los bancos. Lo que sucede es que a veces somos cómodos y cambiar cuesta. La actitud de cambio es difícil a cierta edad y con cierta forma de vivir. Cuando Francisco asumió en marzo, lo primero que hizo fue convocar a un retiro espiritual a los miembros de la curia. Lo primero siempre es ponerse en manos del Señor.

— ¿Qué opinión tiene de nuestro nuevo Papa actual?

— Estoy muy contenta con él. Lo observé mucho al principio. No es bueno comparar a las personas, pero me doy cuenta de que él va siguiendo perfectamente la línea programática y el proyecto pastoral para toda la Iglesia, adaptándolo a su propia forma de ser. Francisco era jesuita; el nuevo Papa tiene otra formación, es norteamericano y tiene una personalidad diferente, pero posee un acento muy latino. Su madre tiene apellido español y además le hizo muy bien haber misionado en Perú durante tantos años.

El diario de la institución

— ¿Cómo es un día normal en su vida?

— Me levanto entre las 6:00 y las 6:30 de la mañana, o a las 7:00 si las fuerzas no acompañan tanto. Bañarme y cambiarme me cuesta mucho porque tengo inestabilidad física debido a todas las "osis": artrosis, osteoporosis, espondilosis... Desayuno y luego me voy a mi habitación porque tenemos un calefactor allí. Me siento en el escritorio y me pongo a escribir, porque soy la cronista oficial de la Comunidad. Es una tarea hermosa que puedo hacer sin mayores esfuerzos físicos.

— ¿Y escribe mucho? ¿Incluso los domingos?

— Sí, los domingos también. Todos los días. Depende de las cosas que pasen; si no hay mucho, trato de ser más sintética anotando las actividades de las hermanas y de la comunidad. No lleva firma al final, es como cualquier libro de actas. Es el diario de la institución. Por ejemplo, hoy escribo: "Viernes 26 de junio" y lo subrayo. Pongo lo que sucedió y siempre incluyo el clima. Hoy anotaré: "Día soleado, pero muy frío".

El valor de escuchar a los jóvenes

— Para terminar, imagínese que en este momento tiene sentado acá a un chico de 15 años. ¿Qué le diría?

— Le preguntaría si es feliz. Le preguntaría cómo se siente con su vida, con su familia, con la sociedad y con la escuela. Quisiera saber si el colegio le brinda lo que él siente que verdaderamente necesita. Hoy es fundamental escuchar lo que ellos tienen para decir.

— ¿Y si ese chico de 15 años le responde: "Hermana, quiero ser religiosa", ¿qué le diría usted?

— ¡Que siga adelante! Como dice Jesús en el Evangelio: la cosecha es mucha, pero los obreros son pocos. Hoy hay una gran necesidad de entrega. Eso sí, de inmediato le diría que es urgente buscar a alguien que lo acompañe en ese camino.
— ¿Y hoy en día tendría que pedirle permiso al papá, con la misma rigidez que le tocó a usted en su época?

— No, para nada. Hoy es un movimiento totalmente distinto, son tiempos diferentes donde se dialoga mucho más. Si el padre no quiere saber nada, el chico tendría que ver el modo de seguir su vocación. Si es varón, lo ideal es que busque a un sacerdote que lo guíe; uno desde aquí también lo puede ir acompañando con los documentos de la Iglesia. Lo importante es que sea fiel a esa idea, porque la vocación lo va a elevar muchísimo como persona y como cristiano.

La entrevista se corta. Se da por finalizado, pero no termina. Debería ser más extensa que el mismo libro que día a día lo escribe con su puño y letra. Las paredes que nos rodean paren querer gritar y contar tantas cosas que merecen recordarse, que Alcira lo sabe pero que, por el rigor periodístico del espacio y el tiempo, aquí debe concluir. Una vida tan rica no puede terminar en este punto final.

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