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9 | 2026-05-30 11:05:32


DIÁLOGOS DE VEREDA
Cacho Salinger: el último hablante en el silencio


Por Ramón Cavalieri - Durante mi infancia, yo cabalgaba con mis primos por los patios de LT6. Al lado estaba la casa de mis abuelos y mi tía era la dueña del buffet. Por allí pasaban músicos, locutores y un bullicio que hoy es nostalgia pura. Hoy, en la sala de locución de la histórica radio, donde el tiempo parece detenido en los años 60 y varias imágenes de la Virgen custodian el aire, conversamos con Carlos Raúl "Cacho" Sandoval Salinger. Un hombre serio, respetuoso, querido por un pueblo entero que, al verlo, solo puede pensar en radio. Él es uno de sus pocos sobrevivientes.

Cuando yo era niño, mi casa tenía un galpón en el fondo y un gran parral. Recuerdo perfectamente a nuestra empleada de años colgando una pequeña radio transitorizada entre las hojas del parral mientras planchaba pilas de ropa. De fondo sonaba el programa más característico de Salinger: “Complaciendo su pedido”. Eran épocas de cartas de papel y teléfonos fijos para pedir una canción. Hoy, ese espacio sigue vivo de siesta bajo el nombre de “Chamamé Cumbeando”.

Cacho fue también la voz del deporte; la voz publicitaria del fútbol, básquetbol y todo lo que vibrara en Goya. Esa voz que leía rapidísimo cada publicidad pero que se entendía de la cual convencía a oyentes y gustaba a empresarios. Su popularidad fue tal que, siendo un absoluto outsider de la política, se presentó como candidato a concejal y el pueblo lo eligió. Hoy nos sentamos en la misma sala de locución donde en los 60 y 70 los programadores armaban listas semanales con discos de vinilo para entregar a SADAIC. Hoy hay un silencio casi misterioso en los pasillos. Pero cuando Cacho habla, el pasado recupera su brillo.

El gurí que imitaba radionovelas

— ¿Cómo nació esto de ser locutor? ¿Alguien te dijo alguna vez que tenías una voz linda o cómo fue el tema?
— Mirá, yo era muy jovencito, tenía 17 años y quizás mucho menos. Escuchaba las novelas que se pasaban acá por la radio. Me gustaba ir al campo a pasar mis vacaciones en la casa de mi abuela; la pasaba muy bien. Teníamos una de esas radios antiguas y la escuchábamos siempre. Me gustaba el trabajo de los actores e inclusive imitaba las voces de algunos personajes, especialmente la del primer actor. Ahí me di cuenta de que me gustaba, y un día escuché por LT6 una convocatoria para aspirantes a locutores. Iba a haber un examen. Vine y me atendió Graciela Monti, "Caperuza". Me anotó todos los datos personales y me indicó el día que debía venir. El día del examen éramos varios aspirantes. Al final, no pude rendir.

— ¿Por qué no te dejaron?

— Porque no tenía dieciocho años. Yo vine ilusionado y le dije: "Pero yo los cumplo este año". Y el jefe de operadores de ese momento me dijo: "No, porque vos no tenés los dieciocho años". Le contesté: "Bueno, me retiro entonces". Pasaron dos años de aquello. Un día, un operador dejó el grabador y el micrófono listos tras salir de transmisión, y mi amigo Víctor Hugo Domínguez me presentó a la directora de la radio. Él le comentó lo que me había ocurrido en aquella primera convocatoria. Entonces la señora me miró y me dijo: "Bueno, le vamos a hacer rendir a usted ahora". Yo me asusté: "Señora, yo no practiqué, no preparé nada, no sé de qué se trata esto todavía". Ella me respondió: "No no se preocupe, yo lo que quiero es escuchar su timbre de voz. ¿Usted tiene el secundario?". Le dije que sí. "Así que usted quiso rendir y no lo dejaron... Bueno, a ver".

(Cacho se detiene. Los recuerdos de aquel examen improvisado golpean con fuerza su memoria. El silencio inunda la sala de locución de LT6. Sus labios tiemblan, los ojos se le llenan de lágrimas y se quiebra por completo).

— ¿Te emociona? ¿Te emociona recordar ese momento exacto?

(Respira profundo. Las lágrimas se esconden en los ojos, pero se dejan ver).

— Sí, me emociona... Me dijo esta señora que me iba a tomar el examen: "Va a rendir su amigo primero y después usted". Me repitió que le interesaba mi timbre de voz. Rendía mi amigo y después me tocó a mí. Al terminar, nos miró y nos dijo: "Bueno, los dos están bien. Vengan a practicar todos los días en este horario en circuito cerrado. Van a tener carpetas comerciales y lecturas informativas. Practiquen y vamos a ir evaluando". Eso fue en mayo de 1965. Llegando a fin de mes, nos sentó y nos dio la noticia: "El primero de junio, usted sale al aire". Yo tenía 19 años.

El peso de hacer radio en los años 60

— La gente joven, sobre todo los menores de 40 años, a lo mejor no toman dimensión del poder que tenía la radio en ese momento. Entrar a hablar en LT6 en el 65 o en el 70 era como hoy entrar a un gran canal de televisión nacional.

— Sí, era de un nivel excelente de locutores y operadores. Éramos una radio estatal, comercial, filial de Radio Splendid. El rating que tenía era impresionante porque éramos el único medio de la región. No había televisión, no había otra radio.

— ¿Un don natural? ¿En la escuela secundaria ya eras de esos chicos que hacían leer en todos los actos por tener buena voz?

— No, para nada. Eso salió en una cena donde estaba el doctor Krongol, mi profesor de contabilidad. Alguien le dijo en broma: "Mire que acá Sandoval también hace imitaciones". El profesor se enganchó: "Ah, no, si hizo, acá también queremos escuchar". Y bueno... de ahí salió.

— Ahí se conjuga aquello de que el locutor tiene mucho de actor, ¿no?

— Totalmente. A mí me tocó hacer relatos de novelas y radioteatros con varios actores grandiosos de acá, como Alejandro Miguel, el "Petiso" Maravilla, Juan y el "Mencho" Cirilo.

El secreto detrás de "Salinger"

— Cualquiera que te escuche se da cuenta de que el timbre de voz de Cacho Salinger es algo único, no se parece a nadie más, y nadie más se parecen a Cacho Salinger. Es imposible imitarlo.
— (Dice con una humildad que conmueve) Todas las personas somos distintas. Hay muchas personas que imitan a otros, pero lo de uno... es de uno.

— ¿De dónde viene el nombre "Saúl Salinger"?

(La pregunta cala hondo. Cacho vuelve a detenerse. Balbucea unas palabras mientras el llanto contenido amenaza con ganarle a la voz. Sus manos se aprietan sobre la mesa del estudio).

— Mirá... Cacho Sandoval Salinger... Te digo esto porque es algo que me conmueve y me emociona mucho. Mi madre, cuando yo nací como su primer hijo, me quiso poner el apellido de ella también. Pero en esa época, mucho más patriarcal que ahora, le dijeron: "No, no es necesario, que lleve el apellido Sandoval". Ella era hija única. Me pega mucho ese recuerdo por el deseo de mi madre... Con el paso del tiempo quedó "Cacho Salinger", que fue lo que pegó fuerte.

— Creo que mucha gente en Goya no sabe que es el apellido de tu mamá. Piensan que es un nombre artístico inventado.

— No, no es inventado. Es el apellido de mi madre. Cuando empecé a trabajar con José María Miró —que era el Alejandro Romay de Buenos Aires pero en Goya, por el poder y la capacidad que tenía— íbamos a empezar las transmisiones y me preguntó: "¿Cómo te nombro al aire?". Yo le dije que no sabía, que yo solo quería trabajar. Me propuso "Carlos Raúl Sandoval" y no le gustó. "No, Sandoval es muy corriente", me dijo. Entonces me preguntó: "¿Y el apellido de tu madre?". Le dije que era Salinger. "Ah, ahí puede ser, muy bueno", me contestó. En mi casa siempre me dijeron Carlos o Carlitos de criatura. Mi hermano era el que se llamaba Cacho. Pero resulta que "Chinchín" Barrios, el operador que me conocía desde chico, un día me vio y me preguntó: "¿Vos sos Cacho o Carlitos?". Chacho Blanco lo escuchó y me tiró directamente al aire como "Cacho". Y ahí quedó para siempre: Cacho Salinger.

El nido que no se deja

— ¿Estás cansado ya, te querés ir de la radio o te cuesta despegarte del micrófono?

— Me cuesta dejar. Me cuesta mucho dejar. Yo le digo a algunos amigos que esto es como el que canta: canta toda su vida. No va a dejar de cantar salvo que tenga un problema de disfonía.

— Muchos compañeros y colegas tuyos incursionaron en las FM cuando aparecieron las nuevas tecnologías. Sin embargo, a vos siempre te vemos acá, firme en LT6.

— Sí, yo en una oportunidad fui a Paso de los Libres, habrá sido por el sesenta y siete o sesenta y ocho, pero mi lugar es este.

— ¿Un locutor podía vivir de su profesión en aquellos años de oro? Porque para muchos la radio suele ser una segunda actividad.

— En el tiempo en que yo empecé era soltero y el sueldo que teníamos era bueno, aceptable, no como ahora. Cuando me casé ya me pude independizar de mi familia gracias a la radio.

— Si tuvieras que elegir a un referente nacional al que admires o hayas admirado en tu vida, ¿a quién nombrarías?

— Primero a Antonio Carrizo; él estuvo acá una vez y lo admiro mucho. Víctor Hugo Morales es para mí un gran periodista, tanto en lo deportivo como en lo político, tiene agallas. El Gato Silvestre también me parece muy bien lo que hace. Y la voz de Ariel Delgado en Radio Colonia me parecía muy buena, marcó todo un estilo por su forma de leer y por las noticias que daba.


El sol de la tarde empieza a bajar y se cuela por los ventanales de la histórica emisora. Cacho se acomoda en la silla, rodeado por el silencio del presente y los fantasmas ruidosos del pasado. La entrevista termina, pero su voz se queda flotando en el aire del estudio, como un camalote que se resiste a que se lo lleve la corriente del Paraná.



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