


El ruido de las motos y el murmullo del centro goyano envuelven la charla. Nos sentamos en la vereda, entre bolsas de manzanilla, eneldo y frascos de miel. El viento del invierno golpea la cara, pero la calidez de Griselda y Horacio templa el ambiente de inmediato. Ella sonríe, acomoda los paquetes con manos curtidas por el clima y rompe el hielo con orgullo correntino.
— Griselda, ¿hace cuánto que están instalados por acá en el centro?
— Acá en este lugar hace 15 años más o menos. Y más antes estábamos en la esquina de la terminal, ahí estuve como 10 años más. Y antes de eso era casa por casa... O sea que yo, desde que tengo uso de razón, soy vendedora. Tengo 47 años y de criatura mi mamá me traía a vender; mi mamá es la señora Lucy, la que está en la esquina de la panadería. Con ella veníamos de chicas.
— Son de Lavalle. ¿Cómo es esa rutina de ir y venir todos los días con toda la mercadería a cuestas?
— Vamos y venimos todos los días, cargamos y traemos todo, todo. Al principio veníamos en colectivo, pero ahora por suerte venimos en una camionetita. Llevamos y traemos las cosas todos los días, hay que acomodar todo cada mañana.
— Veo que está lleno de colores y aromas. Haciendo un resumen, ¿qué es lo que ofrecen en la esquina?
— Es todo medio casero, todo natural: eneldo, anís, manzanilla, pino, cedrón, stevia, cola de caballo... todo lo que sea natural. También chía, canela, lino para la inflamación y cúrcuma molida. Y otras cosas también vendemos cuando hay, como tomate, naranja o alguna gallina. El eneldo, el anís, la manzanilla y la cola de caballo es lo que más sale. También tenemos estas cremas para los huesos, para la inflamación y los golpes; la de cannabis es la que más llevan.
— Con la situación económica actual, ¿se puede vivir de la venta natural?
— Se puede vivir, se puede. Y ahora en estos últimos tiempos, más se vende. ¿Por qué? Porque la gente ya no tiene la ayuda del gobierno para los remedios convencionales y entonces se vuelca a lo natural. Es como pasaba más antes, con los antepasados; me contaba mi abuela que en su época era todo natural.
La conversación se interrumpe porque llegan algunos compradores en esta fría mañana en el centro mismo de Goya. Los autos pasan y la gente detiene su mirada en cada producto. A veces algunos vecinos no compran, pero se quedan mirando las bolsas detalladamente; es como si la mirada de alguna manera les calmara alguno de sus dolores o problemas cotidianos. Griselda atiende con paciencia milenaria, despacha un eneldo para la digestión y volvemos al diálogo.
— Me llama la atención la calidez de la gente. Aunque no les compren, se paran igual a saludarlos...
— No, de la gente acá no me puedo quejar, con nosotros son muy amables. Tenemos muchísima amistad acá en Goya, gente que viene a conversar un rato con nosotros. Es como que se vienen a desahogar, a contarnos sus cosas, todo. Hace un rato tuve a una señora que estuvo media hora conversando conmigo sobre su salud, sobre su vida, las cosas que le pasaron. Se fue a desahogar... Así que además de vender cosas para el estómago, somos un poco psicólogos. (Sonríe)
— Hablando de salud... Horacio recién vuelve caminando desde la terminal de ómnibus, a una cuadra, y me contabas que él viene peleando una batalla médica muy brava y silenciosa acá en la vereda.
— Sí, él está operado de hernia y de colostomía, y lo tienen que volver a operar. Le sacaron un pedazo de intestino, mucho... Entonces para ir al baño tiene que hacer como una descarga y por eso se tiene que ir hasta el baño de la terminal o de la municipalidad, que está a una cuadra.
En ese mismo momento, Horacio regresa de la terminal. Trae el frío de la calle en las mejillas, pero viene con una sonrisa gigante, de oreja a oreja. Escucha que estamos hablando de su rol como confidente de los clientes y se suma al diálogo con una amabilidad que desarma cualquier rastro de dolor.
— ¡Hola, Horacio! Le decía a Griselda que además de comerciantes parecen psicólogos de la cuadra...
— (Horacio sonríe y asiente) Sí, yo converso mucho con la gente, me sumo a charlar y a la gente le gusta. Mirá, acá también tenemos estos productos que vienen sellados en caja de Paraguay y Brasil, cosas que a veces no se consiguen por acá. Hasta tenemos Graviola y Uña de Gato, que son para el cáncer. Los llevan muchísimo, ¡inclusive a algunos clientes se los mandó el propio doctor! Y también traemos esta miel en envase de plástico que viene sellada de allá.
— Griselda, me enteré de que además tenés otro oficio. ¿Cómo hacés para dividir el tiempo?
— ¡Sí! Soy peluquera recibida, tengo mi título. Trabajo de tarde en la peluquería, atendiendo y organizándolo todo por turnos. Así que a la mañana estamos acá en la esquina y a la tarde sigo trabajando allá.
— Pasando tantas horas a la intemperie... ¿Qué es más insoportable en la esquina, el frío o el calor?
— ¡El frío! El frío es lo peor porque cuando sopla el viento acá te pega directo y te hiela. Los dedos se te cruzan, te congelan... Cuando hace calor no sufrimos tanto porque por suerte tenemos linda sombra toda la mañana gracias al edificio. Tenemos hijos grandes ya, por ese lado estamos tranquilos. Nunca tuvimos problemas con nadie acá. Al contrario, hay gente que ha venido a agradecernos porque tomaron nuestros yuyos y se sanaron del riñón o de la vesícula, y al final ni se operaron.
— ¿Y cómo es la convivencia entre los puesteros de la calle? ¿Hay mucha competencia?
— No, no hay competencia. Mire que mi hermana ahora se largó a vender ahí enfrente y a mí no me perjudica para nada; la gente decide libremente dónde comprar. Con los dueños del comercio de acá atrás nunca tuvimos drama, me dieron el lugar amablemente, y la municipalidad a mí nunca me molestó, a otros vendedores sí. Yo siempre digo, cuando hablo con los más allegados: nosotros los vendedores tenemos que cuidarnos entre nosotros, apoyarnos mutuamente, porque la municipalidad siempre está con eso de querer sacarnos a todos de la calle. A veces viene un cliente que yo ya sé que no tiene la plata en el momento, y igual le digo: "Llevá, llevalo igual y después cuando tengas me traés la plata". Ellos saben que cuando necesitan yo los puedo auxiliar, y que en otro lado no les van a dar esa confianza.
El diálogo se corta aquí porque el movimiento del mediodía céntrico apremia, pero muchas preguntas quedan flotando en el aire de la vereda. Tal vez volvamos pronto para seguir charlando, porque en cada pausa Griselda y Horacio abren ventanas a universos enteros: el crecimiento de su querido Lavalle, su excelente relación con los comerciantes de la zona y esa vida que late al ritmo de la calle. Nos alejamos de la esquina con una certeza reconfortante: la medicina más poderosa del mundo no se fabrica en laboratorios multinacionales; se sirve en bolsitas de papel, se entrega con una sonrisa que desafía al dolor del cuerpo, se entibia con el viento helado y se sostiene con la inmensa dignidad de dos trabajadores que eligen sanar a Goya desde el cordón de la vereda.