Tal como veremos a continuación, en otras épocas de nuestra historia económica ya se han ensayado procesos de desindustrialización que han dejado un extremo sabor amargo.
Un poco de historia.
Enfocarse en la industria liviana y el consumo interno (caramelos), donde el país históricamente se destacó por fabricar productos de rápido consumo masivo y buena rentabilidad con epicentro en optimas ventajas comparativas como productor de materia prima.
En su momento, esta disyuntiva fue utilizada por el exministro de economía del Gobierno Militar José Alfredo Martínez de Hoz para justificar el brutal proceso de desindustrialización, argumentando que daba igual producir una cosa que la otra.
Su planteo era que "daba lo mismo producir acero que caramelos", argumentando que el país debía enfocarse en producir lo que fuera más rentable a corto plazo en el mercado global, desestimando el modelo previo de industrialización por sustitución de importaciones y autosuficiencia en industrias pesadas. Esa política de desarrollo de los años 40 impulsaba la industria pesada con SOMISA como baluarte entre muchas otras.
La adopción de políticas aperturistas y de desregulación a partir de 1976—y profundizadas en las privatizaciones de la década de 1990—provocó profundas alteraciones con “idas y vueltas” de nuestra endeble matriz productiva.
En tiempo presente.
El Gobierno del presidente Milei se propone desmontar la inflación (quien en su sano juicio podría estar en desacuerdo) a como sea. Para ello apela a todas las herramientas disponibles, aunque ello implique recesión y retracción del mercado.
La dudosa practica de ROMPER TODO y forzar transformaciones dolorosas que dejan un tendal de heridos en términos de empleo en el sector productivo es un camino lleno de dudas. El punto crucial es que nunca se alcanzaron a cumplir los objetivos propuestos. El desempleo visible y no visible es una consecuencia directa. Las secuelas sociales que de ello se desprende tardan mucho en cicatrizar. Recemos para que esta vez tenga uno resultado más halagüeño.
Pienso (para terminar) que me sigue haciendo ruido que nosotros un país pobre y que aún no se repone de permanentes crisis espantosas, implemente políticas aperturistas en tanto los países más ricos a efectos de proteger a su industria apelan a aranceles del 50%. Es un intríngulis difícil de descifrar.
El pensamiento liberal, sobre el que mantengo una inocultable adhesión, me induce a creer que debemos apelar a un proceso de desindustrialización en el cual la madurez económica decida a los consumidores a adquirir uno u otro bien. Eso es LIBERAL.
Toda intervención del Estado favoreciendo a sectores (minería, petróleo) en desmedro de otros es DIRIGISTA. Con todas las letras.
Miguel Horacio Galarza
Ciudad