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2 | 2026-06-09 10:06:02


DIÁLOGOS DE VEREDA
El goyano que conquistó la medicina europea y eligió volver a sus raíces


Por Ramón Cavalieri - Hay nombres en nuestra ciudad que corren el riesgo de volverse estatuas de bronce o simples recuerdos de los abuelos. Los goyanos que hoy transitan los 30 o 40 años quizás cruzan la calle sin saber que, a la vuelta de la esquina, comparte nuestro mismo aire un verdadero prócer de la medicina internacional. Un hombre inquieto, brillante e investigador incansable que un día partió de las veredas de Goya para transformarse en una eminencia médica en Europa, pero que jamás olvidó el calor de su tierra. Hoy nos sentamos a charlar con el Dr. José Hipólito Vilar.

Para dimensionar a quién tenemos enfrente, hay que mirar el mapa de su trayectoria. Tras formarse con pasión en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), su sed de conocimiento lo llevó a cruzar el océano. En España, obtuvo su título por la prestigiosa Universidad Central de Barcelona. Allí ejerció la medicina al más alto nivel. A su regreso al país, su liderazgo y capacidad transformadora lo llevaron a asumir la dirección del emblemático Hospital José Ramón Vidal en la ciudad de Corrientes. Lejos de acomodarse en los escritorios, el Dr. Vilar demostró su genio científico al convertirse en miembro fundador de la Asociación Argentina para el Estudio de las Enfermedades del Hígado (SAHE) y marcar un hito histórico absoluto: fue el creador del primer laboratorio de Hepatitis del Nordeste en 1986. Su especialización en Gastroenterología y Hepatología salvó, literalmente, miles de vidas en nuestra región.

Sin embargo, lo que hace verdaderamente gigante al Dr. Vilar no son sus títulos colgados en la pared, sino su inmensa humanidad. Quienes tuvieron la suerte de pasar por su consultorio o por sus aulas universitarias coinciden en lo mismo: un profesional de una lucidez científica implacable, pero con la sencillez del médico de pueblo que sabe escuchar, abrazar y conmoverse con el dolor del otro.
Hoy, en DIÁLOGOS de vereda, rescatamos del olvido cotidiano una historia de vida fascinante. Una charla necesaria con el vecino ilustre, el maestro y el médico que llevó el nombre de Goya a los congresos más importantes del mundo y que hoy nos regala su tiempo para recordar que la verdadera grandeza siempre camina despacio, con humildad y cerca de la gente. La entrevista debió realizarse vía telefónica.


El teléfono suena tres veces. Del otro lado de la línea, la distancia con el Dr. Vilar se acorta de inmediato. No hace falta estar cara a cara; su voz, pausada pero firme, viaja con la cadencia típica de nuestra tierra y se siente tan cálida como si estuviéramos sentados en la misma vereda, compartiendo un mate a la sombra.

— Doctor, para entender al hombre de ciencia primero hay que volver al niño. ¿Cómo fue tu niñez y tu familia acá en Goya?

— Nací en un hogar normal, común de la década del 40. Mi padre era militar. Nací en la ciudad de Goya, pero posteriormente nos trasladamos a Entre Ríos, a lo que en ese entonces era Villa Federal, debido al destino de mi padre. Después nos fuimos a Buenos Aires, donde me crié prácticamente desde los 5 o 6 años. Hice la primaria y parte de la secundaria en el Liceo Militar General San Martín, y la terminé en una escuela pública del partido de San Martín. Pero volví a Corrientes a terminar la carrera universitaria que había iniciado en Buenos Aires. Lo hice para estar cerca de mis padres, que ya jubilados, se habían ido a vivir a Goya, donde estaban todos los hermanos de mi mamá. (ACLARACIÓN DE REDACCIÓN: Uno de esos hermanos era mí padre, por eso el tuteo con José como le decimos)
— Pensando en los jóvenes que hoy leen la columna: ¿Cómo fue para un joven de Goya llegar a Barcelona en una época sin internet ni video llamadas? ¿Qué te impulsó a cruzar el océano en esas condiciones?

— Mi inquietud, una vez que finalicé medicina en la UNNE, era hacer una especialidad en otro país. Yo quería irme. Si hoy me preguntás por qué, realmente no sé definirlo, pero tenía la fuerte inquietud de vivir otras experiencias. Acompañado por mi entonces esposa, con dos hijos recién nacidos de 1 y 2 años, me puse a escribir cartas. Escribí a Australia, a Francia y a España (a dos ciudades y hospitales diferentes). Tuve la suerte de que me aceptaron en los tres lugares. Mi intención era desarrollar la hepatología. Evaluamos qué convenía más y, tras algunas averiguaciones, optamos por el Hospital Clínico de Barcelona. Para llegar allá hice montones de cosas para juntar dinero. Pasamos un montón de vicisitudes iniciales porque yo no era un hombre pudiente y mi familia tampoco me podía ayudar económicamente. Junté lo que pude y nos lanzamos a la aventura europea. Llegamos a Barcelona y empecé a hacer guardias y a escribir artículos para la editorial Salvat de la Salud para ganar algunas pesetas de ese entonces. Pero yo no quería quedarme solo con el título de especialista: decidí hacer el doctorado en la Universidad Central de Barcelona haciendo investigación pura sobre el virus de la Hepatitis B. De allí surgió mi interés principal por las hepatitis.

La nostalgia que viaja en el cable del teléfono
Hacer memoria es un ejercicio que al Doctor le enciende la voz. Al otro lado del teléfono se escucha un suspiro profundo, de esos que viajan en el tiempo. Se toma unos segundos de silencio antes de responder. En su respiración se percibe la nostalgia viva de aquel joven goyano que caminaba por Cataluña extrañando el olor a tierra mojada de Corrientes. Su tono se vuelve más suave, casi confidencial.

— Cuando caminabas por esas calles de España, tan imponentes y lejanas, ¿Qué era lo que más extrañabas de Corrientes?

— Me metía mucho en la actividad profesional, pero sí, se extrañaba. Extrañaba cosas fundamentales como la amistad, el trato y las relaciones con los amigos de acá. Cuando terminó el periodo del doctorado, mis hijos tenían que empezar la primaria. Mi esposa no quería que la hicieran en catalán, así que ella se volvió a la Argentina con los chicos y yo me quedé unos meses más hasta terminar la residencia y el doctorado.

— Tenías las puertas abiertas en Europa, pero decidiste pegar la vuelta en los 80. ¿Qué te motivó para regresar y fundar ese hito que fue el primer laboratorio de hepatitis en el Hospital Vidal?

— Al volver a la Argentina fui muy bien recibido en Corrientes. Tengo un gratísimo recuerdo del Dr. Lanari (padre del actual ministro de Salud Pública), quien me abrió las puertas del Hospital Vidal y de la residencia de clínica médica que creé en ese entonces, en 1984. Entré a la docencia, llegué a ser profesor titular reemplazando al Dr. Lanari cuando se jubiló. Al regresar al país noté que la provincia no tenía un laboratorio de hepatitis virales. Gracias al tremendo apoyo del Dr. Lanari Zubiaur y a contactos que yo tenía en Europa —que me cedieron gratuitamente el equipamiento— armamos el primer laboratorio de hepatitis virales del Nordeste en un 'office' de enfermería de clínica médica. Conseguí ayuda de empresas constructoras que me donaron materiales, me ayudó el Instituto de Vivienda de Corrientes y empleados municipales. Así ampliamos una partecita de clínica médica. Eso permitió que, por primera vez en la Argentina, se describiera la existencia del virus de la Hepatitis E, que hasta ese momento solo estaba registrada en México y la India, pero no había constancia en nuestro país. Nosotros hicimos ese trabajito y pudimos determinar su existencia.

— Estuviste muchos años en Corrientes, pero volviste a armar las valijas. ¿Cómo es hoy tu vida yendo y viniendo de Europa?

— A finales de la década del 90 y principios del 2000, vivíamos tiempos muy difíciles en Argentina. Yo ya había presidido el Congreso Argentino de Gastroenterología, la Federación Argentina y era miembro creador de la SAHE. Terminada esa etapa, quise volver a experimentar el trabajar en Europa. Me ofrecieron un trabajo en el Instituto Universitario de Dexeus y allí desarrollé los últimos 17 años de mi carrera, haciendo tarea asistencial y docencia. Hoy mi vida transcurre yendo y viniendo de España. Creo que es un problema que tienen todos los que han vivido y amado un lugar, pero también aman su país de origen. Me siento muy cómodo en España, en Barcelona, y como estoy jubilado allá, tengo la obligación de ir periódicamente.

La pasión intacta de la ciencia
Cuando habla de medicina, de salvar vidas y del Hospital Vidal, el ritmo de su voz se acelera. Desaparece el tono pausado y aparece el científico apasionado. Se escucha una risa franca, humilde, cuando la conversación roza la palabra "eminencia" o el peso de su trayectoria. El Dr. Vilar aclara los tantos con un tono firme: la ciencia no sirve si se queda en los escritorios; sirve si abraza el dolor del vecino. El eco de la llamada telefónica parece desaparecer ante tanta fuerza conceptual.
— Vos que viste cambiar el mundo... ¿Cuál es tu opinión sobre el avance de la medicina desde el día que que egresaste hasta hoy?

— La medicina avanza a pasos tan agigantados y veloces que obliga al médico a estar en constante aprendizaje. No es una profesión que se adquiere y se termina con el egreso. Yo aún hoy, por cumplir 80 años, sigo yendo ad honorem al Hospital Vidal, al servicio de clínica médica, donde doy charlas a los residentes, pero por sobre todo aprendo mucho de ellos. Son otra generación, tienen una enseñanza diferente y conocimientos nuevos.

— ¿Qué opinás del aporte de la Inteligencia Artificial (IA) a la medicina? ¿Te enojás con los pacientes que consultan sus síntomas en internet?

— La Inteligencia Artificial viene a dar un apoyo muy importante por la velocidad de respuesta que tiene. Lo que sí debe tener el médico es la certeza de poder tamizar esos conocimientos. Con respecto a los pacientes, no me enojo. Pero siempre les insisto en que respeten la opinión del médico, que se supone que está formado para filtrar la información, porque en internet hay mucha basura. Hace años, cuando un paciente me decía "Doctor, vi en Google tal cosa", yo le contestaba con una chanza humorística: "¿Y no interconsultó también con el Doctor Yahoo?" [risas]. Era para dar a entender que se necesita una base científica para recibir esa información.

— Mirando todo lo que le diste a la región... ¿Sentís que la ciudadanía te reconoció lo suficiente?

— Si tuve éxito como profesional, yo no soy quien para evaluarlo. Me siento cómodo con la vida, satisfecho de poder estar aún hoy con los estudiantes y residentes. Con ellos sigo aprendiendo.

— Una pregunta que desvela a la humanidad: ¿Vencerá el hombre al cáncer algún día?

— Sí, va a llegar un momento en que el hombre va a vencer al cáncer. Hoy el tratamiento ya no es el mismo que hace 50 años cuando me recibí. Hay muchos avances; sobre todo tengamos esperanza en la inmunoterapia, que es una terapéutica muy eficiente.

— En Argentina nos quejamos mucho de las obras sociales, el plus médico y el costo de la salud. ¿Cómo se vive esto en el primer mundo?

— Aquí tenemos un problema insalvable, y no quiero meterme en política, pero la salud no puede estar manejada de forma tan fragmentada: los sindicatos por un lado con su sistema propio y el Estado con otro. Yo trabajé en un país con un solo sistema de salud que es la Seguridad Social (como la inglesa o la de los países nórdicos), que para mí es espectacular. Allí la gente importante —no como aquí, donde nuestros políticos se van a atender a sanatorios privados caros de Buenos Aires— se atiende en los hospitales públicos. Es una medicina por todos y para todos igual. Pero además, allá el médico gana un sueldo suficiente para no tener que pensar en otra cosa. Yo siempre me pregunto por qué acá los jueces o los diputados ganan tanto dinero; me dicen que es para que no tengan preocupaciones y se dediquen con exclusividad. ¡El médico también debe hacerlo! El médico no puede estar pensando en salir corriendo de un hospital a las 8 para ir a trabajar como auditor de una obra social, y de ahí correr al consultorio a atender a un paciente de la obra social "Pingüino" que le paga 2000 pesos la consulta. Ese médico ya viene cansado, la atención no va a ser adecuada. El sistema debería unificarse en una sola seguridad social y que los hospitales públicos tengan toda la infraestructura necesaria.

— Para cerrar,... ¿Cuándo terminará tu trabajo en la medicina? ¿Tiene una fecha límite?

— Creo que cuando me muera, o cuando mis facultades mentales ya no estén al 100%. Ahí dejaré de ejercer. Mientras tanto, me siento feliz cuando logro un diagnóstico difícil o atiendo a un paciente hospitalario. A mí me gusta mucho el hospital. Yo amo al hospital y es donde únicamente quisiera trabajar. Lamentablemente por el sistema actual y por mi edad, ya no me contratan. Así que voy gratuitamente: dedico tres mañanas al hospital de forma voluntaria y dos mañanas a mi consultorio particular para poder sacar una remuneración para vivir.


La comunicación telefónica empieza a despedirse, pero la vibración de sus palabras queda flotando en el aire. La voz del Dr. José Hipólito Vilar se apaga con la gratitud de los grandes, de esos que no necesitan levantar el tono para hacerse escuchar. Se corta la línea. Queda el siseo del teléfono y, de este lado, una certeza absoluta: la verdadera grandeza de nuestra ciudad no está en los monumentos de bronce, sino en la memoria viva de hombres que, habiendo conquistado el mundo, eligen seguir dedicando sus mañanas a la vereda de nuestro hospital público.


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