El último temporal de magnitud comparable se produjo en agosto de 2024 y dejó tres muertos y más de 1,2 millones de hogares afectados por apagones.
Por su parte, la ciudad de Viña del Mar resultó especialmente golpeada tras la muerte de dos hermanos y una tercera persona, quienes fallecieron en un hostel que permanecía sin suministro eléctrico. La principal hipótesis de las autoridades apuntó a una intoxicación por el uso de un generador de ozono, instalado dentro del inmueble para secar la humedad provocada por las lluvias
Bomberos y la Policía de Investigaciones realizaron pericias en el lugar, mientras el sector se mantuvo acordonado y sin energía eléctrica.
En la región de Coquimbo, las intensas precipitaciones aislaron a más de 2.500 personas en la ciudad homónima y afectaron a las provincias de Choapa, Limarí y Elqui. El delegado presidencial, Víctor Pino, solicitó el envío de más efectivos militares para reforzar el apoyo logístico y operativo, además de activar albergues en casi todas las comunas para alojar a quienes debieron abandonar sus casas.
La colaboración de vecinos y familiares permitió asistir a los damnificados en medio de la emergencia. Hasta la mañana del último balance, las autoridades no reportaron víctimas fatales en Coquimbo, aunque sí contabilizaron más de 200 viviendas con daños menores y una completamente destruida. En esa región, fuertes ráfagas de viento provocaron la caída de tendidos eléctricos, árboles y una grúa de gran porte.
En Santiago, varias poblaciones en Talagante debieron abandonar sus hogares ante el riesgo de crecidas del río Mapocho. En el sur del país, la región de Biobío también resultó seriamente afectada: el presidente José Antonio Kast supervisó personalmente las zonas más dañadas, agradeció la cooperación entre administraciones y remarcó la importancia de extraer lecciones sobre la habitabilidad de determinados sectores del país.
La emergencia llevó a las autoridades a declarar el estado de emergencia preventivo, desplegar recursos en todo el país y priorizar la protección de la vida y la asistencia a los damnificados. Las lluvias, que aún no cesaron, dejaron una huella profunda en el centro y sur de Chile, marcando julio como un mes de precipitaciones excepcionales y poniendo a prueba la capacidad de respuesta ante desastres naturales.
(Con información de EFE)