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9 | 2026-10-08 10:10:06


DIÁLOGOS DE VEREDA: Julio Dotti, el mensajero que todavía pedalea el alma de Goya


Por Ramón Cavalieri - Hay figuras que forman parte del paisaje natural de nuestras calles, tanto que si un día faltaran, sentiríamos que a la ciudad le han arrancado un pedazo de su identidad. Nos acostumbramos a verlos pasar con el mismo ritmo, desafiando al almanaque y a las estaciones. El otro día me crucé en mi caminata con Julio Dotti, uno de los carteros más viejos de Goya. Cuando empezamos a hablar, con esa generosidad propia del hombre de trabajo, le expliqué y pedí para hacerle unas entrevistas y entonces me propuso contactarme con el jefe del correo para hacer una nota institucional a él. Le dije inmediatamente que no. Diálogos de Vereda no nació para los escritorios de los funcionarios ni para las estadísticas frías del periodismo tradicional. Este espacio es para los personajes de carne y hueso, para el hombre común que camina y cuyas historias invisibles sostienen el pulso de nuestro pueblo.

Nos quedamos charlando ahí mismo un momento en la vereda. Su bicicleta cargada de correspondencia quedó estacionada a un costado. Coordinamos para encontrarnos más tarde fuera del horario de trabajo y así se hizo. Julio vestía su impecable uniforme de Correo Argentino, mientras una hora clave para el sol empezaba a entibiar el asfalto.

Por la tardecita se acercó a mí casa y ahí mismo en la vereda del mí casa se hizo el diálogo. El grabador del celular se encendió bajo el cielo goyano y el diálogo fluyó desde el sentimiento. Pasen y vean.


I. El Cambio del Alma en el Portón de Casa

— Ramón Cavalieri: Julio, vos sos uno de los carteros más viejos de nuestra ciudad y no te cansás de pedalear. Con tantas décadas recorriendo los mismos barrios, ¿cómo cambió la reacción de la gente cuando te ve llegar? ¿Es verdad que pasamos de esperarte con una sonrisa feliz a recibirte con recelo, pensando que traés cuentas, deudas o intimaciones?

— Julio Dotti: Hace años que soy distribuidor; ahora el veintiuno de octubre voy a cumplir veinte años como cartero o distribuidor, porque tenemos otro nombre, ¿viste? La gente nos dice cartero, pero somos "distribuidores de correspondencia". Y la realidad es que hoy llevamos las dos cosas: llevamos la alegría cuando están esperando, por ahí como te digo, algún producto que hayan comprado por Mercado Libre, que la gente lo espera con ganas. Pero también llevamos los dolores de cabeza, que son una carta documento, un resumen de tarjeta o una intimación de pago que están esperando. Pero la gente... la gente nos sigue esperando. En su momento era la carta familiar la que se esperaba, además de repartir también lo que dejamos debajo de la puerta, que son los resúmenes de cuenta o estimaciones de pago. En las oficinas me suele pasar; yo tengo en mi reparto muchas oficinas y el que me recibe de esa entrada es como un familiar más. En el sentido de que todos los días nos vemos cuando les llevamos la correspondencia, siempre me recibe la misma persona y por ahí te cuentan anécdotas, historias familiares. Uno no espera que te cuenten, porque eso solamente es tu trabajo, pero ellos te están esperando como si fuera para contarte. Así que, de una manera u otra, siempre la gente está esperando al cartero.

— RC: Antes las cartas traían el perfume de las novias lejanas o las letras apuradas de la familia. Hoy, en la era de las pantallas y los mensajes instantáneos, ¿el trabajo del cartero aumentó por el comercio electrónico de internet o bajó porque ya nadie se toma el tiempo de escribir una carta?

— Julio Dotti: Sí, sí... yo llegué a conocerlas, a las cartas perfumadas que antes escribían a sus novios o a sus novias, y también las cartas familiares. En este momento ya casi no existen, no existen más esas cartas; queda muy poca, casi nada. Y hoy, Ramón, con la tecnología bajó el consumo de cartas. La gente mal que mal le escribe al otro por mensaje, se usa mucho el celular. En nuestra ciudad casi nada, casi nada. Algún sobre que un abuelo o un nieto le escribe a un familiar, o de las cartas románticas... De diez sobres que entran, uno solamente, casi nada. Ya no hay más de esas cartas románticas que se recibían cuando yo empecé hace veinte años atrás. Muy poca, muy poca. Lo borró la tecnología.

Miro de reojo la bicicleta estacionada. Me pongo a pensar en el esfuerzo físico de sostener ese peso todos los días, bajo el calor o las tormentas del litoral.

— RC: Ese bolso que llevás en la bicicleta parece contener el peso de media ciudad. Psicológicamente, ¿sentís que cargás solo con papeles de correspondencia o que en realidad llevás al hombro las alegrías y los dolores de todo el vecindario?

— Julio Dotti: Y... secreto no sé si tendría, secreto profesional, pero por ahí somos un poco psicólogos, digo yo, de las personas. Por ejemplo, cuando vos te vas a un domicilio y ya le conocés desde hace mucho tiempo a esa persona, le entregás la correspondencia y te queda un minutito, dos minutitos, tres... Con eso, la persona te cuenta el problema que por ahí vos no esperás, porque vos no sos familiar de ellos. Pero es como si fuera que al cartero mucha gente le dice: "¡ viene el cartero!", y bueno, te tienen como a un familiar más. A veces digo que somos psicólogos de algunas personas porque el destinatario se abre y te cuenta lo que está pasando.


II. El Misterio de la Postal y el Puño y Letra

La luz de esa hora del sol en descendente parece acorralarse nostálgico en el relato. Entregar un papel que viajó miles de kilómetros a veces cruzando el océano para terminar en sus manos curtidas.
— RC: Una postal escrita a mano, de puño y letra y sin sobre, parece sacada de una cápsula del tiempo. ¿Qué te pasa por el pecho al sostener un mensaje tan sagrado, sabiendo que sobrevivió al correo de todo el mundo para que seas vos el encargado de dejarlo en una vereda de Goya?

— Julio Dotti: Sí, sí, todavía existen las postales. Existen las postales que, por ejemplo, yo en mi reparto siempre estoy llevando. Son postales internacionales de que por ahí algún familiar está de paseo por distinta parte de Europa y lo mandan: una postal familiar diciendo que están bien, que están conociendo cosas. Es increíble... todas esas palabras lo van describiendo en una postal con escritura atrás, todavía existen. Vienen a veces un familiar que le manda de Europa porque están de paseo por allá y bueno, le mandan la foto a distintos familiares acá a Goya de que están recorriendo ciertas partes de Europa. Todavía quedan.

— RC: Debe ser muy fuerte tu trabajo en el sentido de la permanencia. ¿Te pasó alguna vez tener que entregar una notificación o una carta rezagada dirigida a alguien que vos sabías perfectamente, por conocer el barrio, que ya había fallecido o que se había ido de la ciudad? ¿Cómo se maneja ese silencio?
— Julio Dotti: Sí, sí, Ramón. Eh... me pasó, me pasó de haber llevado correspondencia y al llegar al destinatario comunicarme con un vecino o un familiar que me decía que esa persona había fallecido. Me pasó mucho en época de pandemia, y me pasó ahora hace poco también. Hace poco, por ahí en el reparto, me tocó llevar por ejemplo una tarjeta de crédito que el banco manda y bueno, te vas y te encontrás con que esa persona falleció, que está el tejido familiar y que esa persona ya no existe más. Sí... sigue pasando eso, sigue pasando.


III. La Geografía de las Calles y los Enemigos del Camino

Pasa un vecino, le toca bocina y le grita: "¡Julio!". Él le devuelve el saludo sin perder la calma acompañando siempre con una sonrisa.

— RC: El cartero conoce el pulso de la ciudad cuadra por cuadra, barrio por barrio. En cada metro que recorrés en tu bicicleta hay una historia que contar. ¿Cuáles son esos secretos que las veredas de Goya te confiaron a vos y que ningún jefe de oficina va a poder entender jamás desde la comodidad de un escritorio?

— Julio Dotti: Los secretos están en el día a día del recorrido, en las oficinas que te esperan o en las casas de los barrios donde uno se vuelve parte de la rutina de los vecinos. Eso no se ve desde una oficina, se vive pedaleando.

— RC: Hablemos de los clásicos rivales de tu oficio: los perros de los barrios. Con tantos años de pedaleo, ¿ya armaste un mapa mental de cuáles son las casas donde te esperan para morderte y en cuáles ya te hiciste amigo del animal a fuerza de visitarlos todos los días?

— Julio Dotti: Sí, sí, con estos veinte años que llevo de cartero he pasado de que el perro sea mi enemigo a pasar a ser mi amigo. Al principio me trataban de una forma, de decirte mal, ... y a veces lo nombraba a San Roque. Cuando me salían, nombraba a San Roque y más que nada era un susto, no más. Pero en los barrios donde salían más perros, es como si fuera que a ellos les llamaba la atención cuando andábamos con la gorra y el bolso adelante de la bicicleta. Porque vos por ahí andabas sin gorra y no salían. Y me pasa ahora en mi reparto, que tengo el reparto del centro, que me tuve que acostumbrar a conocer el nombre de los perros. Entonces, cuando me salían, los llamaba por su nombre y ahí ya se calmaban, ya no me seguían.

— RC: Seguro tenés alguna anécdota imborrable de esos días de lluvia torrencial, con el agua y el barro de nuestras calles golpeándote las piernas, donde miraste el bolso y dijiste: "Tengo que llegar igual a esa casa porque sé que esta correspondencia es importante". ¿Te acordás de algún momento así?

— Julio Dotti: Sí, sí, tengo... tengo esa anécdota de cuando llovía e iba en el reparto de la zona sur, en uno de los barrios. Tenía una familia por la calle José María Soto, en la curva del regimiento. Todos los meses el papá le escribía a su hijo una carta, y donde ella también le mandaba un giro por el correo. Y me había pasado a veces de haber llovido bastante y donde yo tenía que llegar de alguna forma para entregarle esa carta, porque esa nena esperaba todos los meses; sabía qué fecha llegaba y todo. Sí, tengo anécdotas de esas, pero tengo varias de personas donde tenía que decir o sí esperar de última que descampe para entregar esa correspondencia, porque sabía que la estaban esperando.


IV. El Mensajero del Pueblo

El sol empieza a caer un poco más y la sombra de la bicicleta se estira sobre la vereda. Julio se acomoda preparándose para regresar. Es el momento de la pregunta que busca el balance de toda una vida.
— RC: Los años pasan, el mundo se llena de tecnologías y las comunicaciones van a una velocidad de locos, pero vos seguís fiel a tus pedales. ¿Qué significa para vos, a esta altura del camino, ser el cartero de Goya?

— Julio Dotti: Para mí ser cartero de Goya... sigo creyendo que un papel en la mano vale más que mil mensajes del celular. Los años pasan y la gente me sigue esperando, la gente en la calle me saluda, me conoce. No llevo solamente una carta, llevo la confianza de alguien. Imaginate que yo digo, le digo a mi familia que yo nací para ser cartero, parece. Porque el Día del Cartero es el catorce de septiembre, y yo nací un catorce de septiembre. Así que el Día del Cartero para mí es doble festejo, porque festejo el Día del Cartero y también es mi cumpleaños. Yo nací el catorce de septiembre de mil nueve setenta y siete. Así que ser cartero en Goya es una felicidad inmensa. Hoy la gente en la calle me conoce, me saluda, me espera. Te doy un ejemplo: la gente sabe cuál es el Día del Cartero y como también es mi cumpleaños, tengo doble saludo. Y para las fiestas, Navidad, Año Nuevo, la gente también me espera; me esperan con una sidra, con un pan dulce. Siempre tengo un obsequio, una forma de decirte de todo el año. Porque por ahí a veces alguien está esperando algo y cuando lo llevo me dice: "Mirá lo que tengo para vos, cartero", un turrón, un alfajor... O en época de calor, cuando voy a golpear la puerta, la gente te ofrece un vaso de agua, un jugo, fruta. Así que para mí ser cartero de Goya es una inmensa felicidad.

— RC: Por último, Julio... El vecino goyano que mañana a la mañana te va a ver pasar en la bicicleta, esquivando baches y saludando, te está leyendo en este momento en el diario digital. ¿Qué mensaje o recomendación desde el alma le dejás a tu pueblo después de haber sido el mensajero de sus vidas por tanto tiempo?

— Julio Dotti: Mi mensaje al pueblo de Goya es simple: cuídense entre vecinos, salúdense, mírense a los ojos. Que no se pierda eso de Goya. Lo material va y viene; el cariño que nos damos en cada entrega, eso queda. Gracias por dejarme entrar a su casa tanto año, fui feliz haciendo este camino a pedal. Gracias por todo.


Julio se acomoda en el asiento de la bicicleta, me regala una última sonrisa y retoma el pedaleo bajo el sol que empieza a despedirse. Su silueta se va alejando despacio por la calle, perdiéndose en la próxima esquina. El jefe del correo podrá tener las computadoras y los números del mes, ser una buena persona y un gran jefe, pero Julio Dotti se queda con los abrazos, las lágrimas y las miradas de los vecinos en cada portón. Mientras la ciudad siga contando con hombres que defienden la dignidad de su oficio sobre dos ruedas, las veredas de Goya nunca van a perder su costado más humano.

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