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9 | 2026-10-16 10:10:25


DIÁLOGOS DE VEREDA: Alberto, el hombre sin fecha de vencimiento


Por Ramón Cavalieri - El sol de la siesta empieza a calentar en Goya y la vereda se vuelve rápida frente al ajetreo diario. Estamos sentados a metros de Galver, un comercio que es parte de nuestra identidad. En la mesa del bar, el teléfono celular Alberto Espinoza descansa boca abajo, casi en el olvido. Para el hombre que tengo sentado enfrente, la vida nunca se midió en notificaciones ni en pantallas parpadeantes. Se midió en bandejas, en miradas atentas, en el orden minucioso de un depósito y en una palabra que hoy cotiza en bolsa: respeto.

Alberto tiene 70 años, (sin exageraciones parecer un poco más de la mitad) la jubilación ganada, pero las ganas intactas. Es un personaje insólito en estos tiempos: un hombre que jamás necesitó salir a pedir empleo porque su propia educación hizo que los trabajos lo fueran a buscar a él, así literalmente, y cuya entrega provocó que un directorio en Buenos Aires cambiara las reglas de la empresa solo para no dejarlo ir.

Ramón Cavalieri: — Alberto, cuando te contacté para esta entrevista, tardaste casi medio día en responderme. Hoy la gente vive pegada a la pantalla, desesperada por el chat, pero vos pareces vivir a otro ritmo. ¿Cómo haces?

Alberto: — Bueno, yo el teléfono lo tengo encima, pero no estoy continuamente mirando, chateando como hacen algunos. Si por esas casualidades me mandan un mensaje a la mañana, cuando llego a mi casa, recién ahí contesto. Llego a las doce y media, una, una y media de la tarde, ahí recién lo pongo a mirar tranquilo, digamos para la contestación.

El tiempo en sus manos tiene otra densidad. Mientras la ciudad corre detrás de la última urgencia invisible, Alberto prefiere mirar los ojos de quien tiene enfrente. Entiende que la verdadera conexión no requiere señal, sino presencia.

Ramón Cavalieri: — Hoy las puertas de los boliches tienen patovicas, a veces violentos. En Tronco’s Disco te encontraban a vos recibiéndolos. Cuando teníamos 18, 19 años... vos nos recibías con un "buenas noches señor" cuando tal vez no teníamos ni un peso en nuestro bolsillo...

Alberto: - Bueno, yo de chico, digamos, me han enseñado la educación, el respeto sobre todo del más chico al más grande. En Tronco’s, era como si fuera mi segunda casa. Era como si fuera una familia porque realmente los problemas ahí eran muy contados, muy pocos, yo cobraba la entrada, yo seleccionaba a los clientes. Me tocaba a veces unos clientes también pesaditos que me amenazaban y sin embargo yo contestaba "sí señor, sí señor”, cuando me decía "¿y cómo ese entra...?", porque tiene una tarjeta de invitación, respondía. Entonces me dice "¿dónde hay que pedir eso?" y yo decía: "ahí en la plaza estaban repartiéndole, no sé si están todavía", y bueno se iban a buscar.

— Ramón Cavalieri: Hay una anécdota hermosa: hace dos años yo me casaba por iglesia y quería armar una barra con una atención diferente, impecable. Cuando pedí recomendaciones, me dijeron: "El único que te puede hacer eso es Alberto". Y te fui a buscar... de ese casamiento la gente todavía hoy me encuentra por la calle y se acuerda de la barra. Vos enganchás a la gente de una manera especial, ¿no?

Alberto— Yo de todos de esos trabajos que he hecho, digamos preparando los tragos, he conocido gente, y la gente me ha conocido a mí y me preguntaban si es que yo hace muchos años preparaba los tragos. Yo le había dicho que sí, que siempre preparada... Pero trabajar en la gastronomía con los tragos es muy bueno hacerlo bien, cosa que el invitado, se sienta cómodo, siempre, siempre le doy buena atención porque realmente se merecen.

Sembrar y cosechar. El secreto de Alberto no está en una receta oculta detrás de la barra, sino en el don de la hospitalidad. Servir un trago o recibir a un vecino es, para él, una forma de hacer que el otro se sienta importante, de darle el lugar que se merece.

Ramón Cavalieri : -Desde esta mesa vemos Galver. Si te ponés a pensar en tu historia con este lugar, es realmente de película. Vos no viniste a pedir empleo acá. ¿Cómo fue que llegaron a vos?
Alberto: — ¡Si te tuviera que comentar las anécdotas acá en Galver..! Yo trabajaba en la panadería de La Central de día, de noche trabajaba en Bon Kong, después trabajaba en el Supermercado Pío Pío y de noche seguía trabajando de mozo. Trabajando en Pío Pío, como encargado, se fueron y me buscaron para venir a trabajar en Galver. El señor José Luis Cuaranta gerente, que hoy ya no está más y le agradezco muchísimo, tres veces se fue a buscarme para trabajar en esta empresa.

Ramón Cavalieri: -O sea, ¿vos no viniste a pedir el empleo?
Alberto: -No, no. No vine a pedir empleo.

Ramón Cavalieri : -¿Y por qué llegaron a vos? Porque es rarísimo lo que me está contando.
Alberto: -Sí, sí, sí. Pasa que cuando yo trabajaba en Bon Kong, que es una cafetería, se iba toda la familia del gerente ahí, yo sin saber quién era, para mí para mí son todos iguales porque se merecen del más chico al más grande, el respeto. Al Señor le gustó, la educación creería.

Ramón Cavalieri: -Pero vos de ropa no sabías nada.

Alberto: - No, no, no, no, de ropa no sabía nada, no sabía nada. Yo vine acá y aprendí, si aprendí rápido porque me gustaba. Y bueno recuerdo que dos veces me llamaron a la tercera vez cuando me volvieron a llamar el señor gerente me dice "pasá Alberto, pasá a la oficina". ¿Sabes lo que me dijo? "Alberto jamás, jamás hemos llamado a nadie tres veces para que venga a trabajar, vos sos uno insólito... cómo te puedo decir". Se que realmente es difícil que ya le llamen pero es verdad.

Antes de Galver, los días de Alberto se dividían sin descanso. Su mejor currículum fue su propia esencia. Don José Luis Cuaranta vio en la mesa de ese café un tesoro de buena educación y no paró hasta llevarlo a su empresa.

Ramón Cavalieri: — Y después llegó el momento de jubilarse. Cumpliste los 65 años un 26 de diciembre y se los planteaste a tu jefe allá en el fondo del local. Pero la respuesta que te dieron no la recibe cualquiera.

Alberto: —Ah, sí, me jubilé. Vuelvo, de unas vacaciones en enero, entro, voy al lugar donde trabajo que es el depósito, recibír la carga, abrir la carga y clasificar artículo por artículo. Entonces le dije: “yo me voy, porque el 26 de diciembre es mi cumpleaños” y me dice "¿Dónde se va usted?", “ y yo me voy porque me jubilo. El 26 de diciembre cumplo 65 años y me tengo que ir”. Me dice "no, bueno entonces ahora se lo digo a mi jefe” . Mí respuesta fue: “ le voy a hacer una pregunta si no hay ningún problema", “Después de que uno se jubila, hay cinco años más que puede aceptar si es que el patronal acepta o los jefes ven como es el empleado”. Entonces me dice mi jefe "no, usted no se va a ningún lado, usted se queda usted se queda acá con nosotros porque no quiero que se vaya...". Él no tenía conocimiento de los cinco años. Entonces dijo que le iba a llamar al jefe, al dueño. El dueño le contesta que también no tenía conocimiento de los cinco años. Que espere que el dueño se va a reunir el directorio de Buenos Aires y que van a tocar mi tema. Bueno, tocando el tema le llama el dueño al jefe acá. Entonces el jefe, el dueño le digamos, le pide la referencia de mí y el jefe dijo:"mire no tengo palabra con respecto a la referencia de ese personal, le digo: si hay que venir temprano viene temprano, si hay que quedarse más tarde a colaborar se queda, con decirle a todos le mandamos la casa en la pandemia. Ese personal quedó dos semanas en la casa y vino a colaborar con nosotros sin que nosotros le llamemos. En ese momento se hacía la venta online. Y vino a colaborar con nosotros sin que nosotros realmente o llamáramos. Se hizo dos grupos, un grupo a la mañana, un grupo a la tarde, pero él vino toda la jornada sin que nosotros le dijéramos, no sé a qué referencia tiene usted señores... bueno, está bien, hágase cargo entonces usted de él, cinco años más, el cinco años más, sí, cinco años más, digamos desde... Desde el 9 de febrero del 21, 9 de febrero del 21".
Ramón Cavalieri: — Esos cinco años de prórroga legal se terminaron.

Alberto: — O sea, se está terminando los 5 años... Ya llega el momento de explicarte, porque hay todavía anécdotas eso. En el 9 de febrero del 2021 cobro el primer sueldo de jubilado, se hace un telegrama de alta para seguir cinco años, a partir de ahí se ha empleado un nuevo por cinco años . Luego de algunos años pregunta nuevamente al jefe que estaba que se llamaba Caballero apellido, le pregunta cómo anda ese personaje y le dice "mire anda mejor que nosotros es realmente inquieto como siempre, colabora como siempre, no tengo palabra con respecto a ese personaje, no sé qué quiere que le diga". Bueno y eso entonces dice "bueno no le vamos a renovar el contrato le vamos a dejar que sigan cuando él no quiera trabajar".

Ramón Cavalieri— Qué tremendo reconocimiento, Alberto. Que te digan que te podés quedar hasta que vos quieras. Me imagino lo que habrá sido para vos ese momento.
Alberto: — ¿Quiere que le diga una cosa?, nosotros tenemos un depósito al fondo, me fui a llorar, me fui a llorar, uno, por la emoción, otro, que con la edad que yo tengo 70 años, es muy difícil, difícil para seguir. Ahora, yo nunca he cambiado siempre soy el mismo.

Ramón Cavalieri : Los propietarios, jefes, generalmente buscan gente joven, uno ve que se queja la gente mayor y dice "no, yo ya tengo 50 años, 40 años y nadie me quiere"... vos pasaste muchos jefes, ¿no tuviste problemas con ninguno?

Alberto: - A Dios gracias no he tenido problemas con ninguno, con ninguno. Les voy a comentar una anécdota, digamos lo que pasó con Caballero. Me llama la oficina. Dice Espinoza: "Yo quiero hablar con usted, pero usted no se enoje, no se ofenda. No tenemos nada contra usted. Y yo como siempre he sentido el humo". "¿Qué hice, jefe? Dígame, ¿qué hice?". "No, no, usted no hizo nada" sonriendo, por supuesto. Y dice "lo que yo le quiero decir es que nosotros tenemos un sarso arriba ahí que tenemos los acolchados. Lo que queremos, y yo le pido - me dice-, porque a usted le queremos mucho, le apreciamos mucho y le cuidamos, no quiero que suba más, no quiero que suba más para acolchado, para mostrar al cliente". Y entonces yo le digo "¿Por qué jefe? ¿Por qué?" , me contestó: “y se puede caer, se puede lastimar”, y yo le dije "no jefe, no es tan así. usted me va diciendo que no haga esto, que no haga esto otro, yo mañana entonces me voy a esperar el recibo de mi casa sin trabajar". “Yo no estoy acostumbrado. Usted ve lo que le hago, usted mismo ve la voluntad que tengo y me gusta y lo voy a hacer”, y le digo "señor, señor ¿usted escuchó que dijo Maradona una vez? y me dice tanta cosa dijo Maradona que realmente no me acuerdo cuál será... “Maradona dijo que le cortaban las piernas, bueno ustedes me quiere cortar los brazos y las piernas para subir las escaleras para ir a bajar el acolchado". Se sonrió, se sonrió y me dijo "mire con quién me sale usted, porque hay que ser realista, hay que ser realista". Y eso mismo, eso mismo es lo que yo le dije a él, se fue y le dijo al dueño. Y el dueño se sonrió.

Ramón Cavalieri: — Al principio hablábamos de la diferencia entre los bares de hoy y los de aquellos años setenta u ochenta donde trabajabas en Juan de los Palotes, Bon Kong o Tronco’s. ¿Qué mensaje o recomendación desde le dejarías a toda esa gente que hoy atiende al público en Goya?
Alberto: — Hay varios, pero lo primordial, el que está al frente de un negocio, está al frente de un mostrador, está al frente del cliente, y cuando entra, esa saludar: "Buenos días señor, buenos días señora, buenas tardes señor. Adelante señor, pase señor", “pase, cualquier duda que tenga usted pregunte, estamos a disposición”. Y eso, sobre todo la educación con los clientes. Yo he conocido mucho, hice amigo ahí gracias a la gastronomía. Una vez dentro de un grupito uno que se creía vivo dice: "quiero un licuado de sandía". Y nosotros vendíamos una botellita de jugo. De Liflú, era la marca, me acuerdo muy bien. Había de ciruela, durazno, de pera, todo eso. Y se reía cuando pidió el licuado de sandía, yo sonrío y dije yo: "este me está tomando el pelo". ¿Entonces qué hago? hablo con la señora, la señora Flora Aranda que era la dueña y el señor Fidel Cardozo que era mi patrón, le digo: “señora, voy a abrir una botellita, desde el Linflu (un jugo) y ocupar la mitad nomás porque ahí uno quiere licuado de sandía”. Abrí una botellita de ciruela, le puse una feta de durazno, le agregó azúcar, un poquito de de gaseosa, poquito nomás para mi componente... y un toque de limón. Le hice todo, particular. El vaso, digamos, le puse bien. Llego con todos los otros pedidos y le sirvió. Después le dije:"Señor, ¿cómo estuvo el dedicado a la sandía?". Mientras fui mozo nunca anoté un pedido. Todo mentalmente nomás, nunca anoté nada.

Ramón Cavalieri: — ¿Estás conforme con lo que te dio la vida?

Alberto: - Yo estoy muy agradecido en la vida. Yo te digo así, yo soy rico. Soy rico. Pero no económicamente. Soy rico de felicidad. Que para mí es lo más importante que hay en la vida. Lo más importante que hay en la vida es ser feliz. Me levanto, vengo a la moto con mi casco, vengo silbando, vengo cantando. Yo estaciono mi moto acá, entro en mi trabajo contento y feliz. Todavía mi jefe me dice: “tanta buena onda tiene usted todos los días”. Cuando entro a la tienda acá en mi trabajo, entro cantando, entro silbando. Saludo adentro: “ buen día jefe. ¿Cómo está usted, cómo está señor?". Y así le hace todo. Yo soy muy feliz más lo que tengo en mi familia, tengo mis hijos...mi mujer Rosa soy muy feliz. No tengo más que palabras de agradecimiento a Dios. Yo cuando cumplí los sesenta años hice una fiesta, ciento cincuenta personas. Dije: " gracias por mis sesenta años y compartir con lo que yo quería". Quise juntar a todos, junté muy poco porque muchos viajaron y otros que ya no estaban más aquí, pero tuve la suerte de juntar algunos amigos. Estoy agradecido a Dios. Gracias.


El medio día ya es historia en Goya. Alberto se levanta de la silla, estrecha la mano con la firmeza de un muchacho de veinte años y camina lento hacia su moto que lo esperaba como en el desierto de la siesta. Todos ya salieron del trabajo, ya almorzaron y están haciendo honor a la siesta correntina. Alberto no tiene apuro. El eligió el horario para no interrumpir su trabajo y no molestar a nadie. Se aleja recordándonos a todos que el respeto, la lealtad y las ganas de ser útil son la única riqueza que el tiempo jamás podrá devaluar.


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