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9 | 2026-11-02 08:11:25


Día de los Fieles Difuntos


Escribe Hugo Flores (abogado) - Sabido es que en nuestra tierra correntina el culto a los muertos constituye una tradición profundamente arraigada. Una de esas costumbres que pasan de generación en generación hasta confundirse con la memoria misma de un pueblo. Porque honrar a quienes partieron no era solamente una cuestión de fe o recogimiento, sino también una manera de mantener vivos los afectos y prolongar los vínculos más allá de la muerte.

Mi querido abuelo solía contarme cómo se vivían en nuestra Goya los días previos al 2 de noviembre. Lo hacía con esa claridad que tienen los recuerdos de la infancia y con el cariño de quien evoca un tiempo que ya no volverá. Según me decía, por aquellos años el Día de los Fieles Difuntos era una fecha muy esperada, para la cual las familias comenzaban a prepararse con varios días de anticipación.

Recordaba que los comercios dedicados al arte sacro y funerario engalanaban sus vidrieras con toda clase de ornamentos destinados a las sepulturas. Había flores naturales y artificiales, confeccionadas estas últimas con diversos materiales, según lo permitiera el bolsillo de cada familia. Mi abuelo hacía especial hincapié en que nadie quería dejar de llevar alguna ofrenda a sus muertos. Cada cual lo hacía conforme a sus posibilidades, pero con igual sentimiento.

Entre aquellos objetos, decía, sobresalían los llamados paños para cruz, pequeñas estolas de fina y liviana tela blanca, delicadamente bordadas con flores. Muchas llevaban el nombre del difunto y se colocaban sobre la cruz de su sepultura. Mi abuelo los recordaba como uno de los adornos más característicos de aquella celebración, cuando hasta el más humilde de los homenajes tenía un significado especial.

Pero había una costumbre que siempre ocupaba un lugar destacado en sus relatos: la de pasar el Día de los Difuntos en el camposanto, junto a la tumba de los seres queridos.

Contaba que las familias recorrían largos trechos, muchas veces desde parajes alejados, llevando consigo lo necesario para permanecer allí buena parte de la jornada. No importaba cuánto hubiera que caminar; lo importante era llegar y compartir aquel día con quienes ya no estaban.

Según sus recuerdos, las horas transcurrían entre rezos, conversaciones y evocaciones familiares. Se compartía el almuerzo, se tomaba la merienda y, en ocasiones, hasta se armaba una buena musiqueada. Mi abuelo contaba esto último con particular simpatía, porque si al difunto le había gustado la música en vida, ¿por qué habría de privárselo de ella después de muerto? Quién sabe si desde algún lugar no estaría escuchando aquellos acordes, contento de que los suyos todavía lo recordaran.

Aquella manera de honrar a los muertos, tan propia de las antiguas costumbres correntinas, tenía algo de encuentro familiar. El cementerio dejaba por unas horas de ser un lugar de silencio y tristeza. Entre las oraciones surgían las anécdotas, las conversaciones y alguna melodía que el difunto había sabido disfrutar. Mi abuelo decía que así se los recordaba, no solamente con lágrimas, sino también con las cosas que les habían dado alegría mientras vivían.

Pero había algo que no debía olvidarse: cuando comenzaba a caer el sol, era hora de regresar. Se pronunciaba el último rezo, se recogían las pertenencias y se apagaban cuidadosamente las velas, por las dudas. Mi abuelo solía detenerse en ese detalle, porque en aquellos tiempos se tenía mucho respeto por ciertas creencias que nadie se atrevía a desoír. Había cosas que se hacían por costumbre y otras que, sencillamente, era mejor no averiguar.

Y era entonces cuando su relato adquiría un aire de misterio. Contaba que los vecinos de aquellos camposantos aseguraban haber visto, en más de una ocasión, ciertas sombras que se movían entre las sepulturas. Sucedía cuando las familias ya se habían marchado, la oscuridad cubría el cementerio y no quedaban voces ni acordes de instrumentos que quebraran el silencio.

Decían que aquellas sombras parecían danzar en la noche, como si la musiqueada continuara después de que los vivos hubieran emprendido el regreso.

Mi abuelo repetía lo que había escuchado de aquellos antiguos pobladores: eran las almas de los difuntos que, luego de compartir la jornada con sus seres queridos, prolongaban por un rato la alegría del encuentro antes de regresar a sus moradas eternas.

Con los años, muchas de aquellas costumbres fueron quedando en el recuerdo, y con ellas se marcharon también quienes todavía podían contarlas. Hoy, cuando evoco las palabras de mi abuelo, vuelvo a aquella Goya de otros tiempos, a sus camposantos iluminados por las velas y a las musiqueadas que acompañaban el recuerdo de los ausentes. Nunca supe cuánto había de cierto en aquellas sombras que, según decían, danzaban entre las sepulturas cuando todos se habían retirado. Acaso fueran las almas que se resistían a dar por terminado el encuentro con los suyos. Acaso la noche, con sus misterios, jugara con la imaginación de los antiguos. Pero hay algo en aquellas historias que el paso del tiempo no ha conseguido borrar. Y ahora que mi abuelo también pertenece a ese mundo de los recuerdos, me gusta imaginar que, alguna vez, habrá de sumarse a aquella última musiqueada, antes de regresar, como los demás, a su morada eterna. Nadie podría asegurarlo, pero yo prefiero creer que así era…


Dr. Hugo A. Flores


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