



— Salvador, naciste en Central, pero te fuiste casi siendo un niño...
— Claro, mi viejo era el arquero. Me formé ahí, pero en ese tiempo no había fútbol infantil; era quinta o nada. Jugué un año en quinta con 12 años y a los 14 ya me largué solo a Buenos Aires. Era el 74, el año que murió Perón. Hice todo el camino: séptima, quinta, tercera... hasta llegar a la primera de Independiente. En quinta salí campeón y goleador del campeonato; ahí fue cuando sentí que estaba para cosas grandes.
Fue goleador en la quinta de Independiente. No llegó por suerte, llegó rompiendo redes en el semillero más exigente del país.
— ¿De qué jugabas exactamente? Porque tenías un estilo muy particular.
— Yo jugaba de número diez. Con el tiempo, uno se convierte en "jugador de fútbol". Dejé de ser solo un pibe que pateaba la pelota para entender el juego. Tenía que usar el cuerpo inteligentemente, porque yo no era un "ropero" como los centrales; yo era más del estilo de Percy Rojas, movilidad y picardía.
— Hablemos de ese recorrido: Independiente, Argentinos Juniors, Los Andes y Gimnasia de Jujuy. ¿Cómo fue ese paso a la Paternal?
— Fue por una negociación histórica. Independiente quería al Diego y le ofreció un millón de dólares. Yo fui como parte de pago junto a otros compañeros; yo iba con una opción de 300 mil dólares. Así llegué a Argentinos. Después vino Los Andes en el Nacional y finalmente Gimnasia de Jujuy. Fue una carrera federal, crucé el país de punta a punta. Mencionarlos así marea.
Salvador no fue un ave de paso; dejó su huella en cada rincón, desde Avellaneda hasta el Norte.
— Y en Argentinos compartiste con Diego. Había un vínculo familiar muy fuerte, ¿no?
— Sí, mi abuela vivía en la Esquina de la casa de la familia de él. El Colorado Machuca, que se casó con la hermana de Diego, era compañero de trabajo de mi viejo en la IPF y jugaba conmigo en Central. Diego era un sol: limpio, solidario, muy agradable. Un día en Rosario hice dos goles, él bajó del avión y al primero que fue a abrazar fue a mí. Teníamos una relación especial que venía de las raíces.— Pero hubo un quiebre por una camiseta...
— Tenía una camiseta de Independiente en la concentración y él me la pidió. Pero yo tenía grabado lo que mi mamá siempre me decía: "los regalos no se regalan". Y se la negué. Fue una ridiculez, pero por ese concepto de mi vieja se cortó la confianza. Después de Jujuy, en el 83, ya se hizo difícil mantener el contacto.
Esa honestidad lo define. Prefirió serle fiel a la palabra de su madre antes que ser "políticamente correcto" con el mejor del mundo.
— Volviste a Goya y jugaste acá de forma semiprofesional. ¿Qué opinás de cómo se maneja el fútbol hoy, pensando en el próximo Mundial y la Selección?
— Mirá, yo hoy saco conclusiones. Hoy los clubes apuntan a sacar un "producto" para la venta porque se mantienen así: compran barato y venden caro. Sobre la Selección y el dinero... hoy parece que si no viene un fenómeno y le ponen mucha plata, no vale. Pero yo creo en lo que uno se gana. Vos podés ir por recomendación de un amigo, pero el tema es cuando entrás al verde césped; ahí ya el que detecta es el público, no hay recomendación que valga. Ahí se terminó la sanata.
Su mirada es técnica y profesional: el fútbol como un mercado donde el jugador es un producto, pero donde la única verdad sigue estando en la cancha.
- Que opinas de como juegan los laterales y el cambio del juego
— Ahora les dicen "los laterales"... pero en mi época no había tanto de eso de que se iban todo el tiempo al ataque. El fútbol cambió mucho en la forma de nombrar las cosas, pero la esencia del juego es otra.
-¿Y cómo fue el reencuentro con el fútbol de acá al volver?
-Mirá, yo tenía una idea de lo que era el fútbol goyano: para mí los tres más fuertes siempre fueron Huracán, Central y Benjamín Matienzo. Pero cuando voy a Huracán, me encuentro con que ellos consideraban que el clásico era con Matienzo y no con Central. Ahí yo me sentía tocado, ¿viste? Porque uno viene con la raíz de Central y ese sentimiento no se cambia.
— ¿Y de la Selección qué pensás? ¿Cómo los ves proyectados?
— En el mundial pasado sabíamos que si clasificaban la primera fase se les facilitaba un poco la proyección. Pero ahora los veo relajados a todos... muchas propagandas, andan haciendo otras cosas que no tienen nada que ver. Eso no lo hicieron el campeonato anterior. Ahora parece que hay mucha plata de por medio con el tema de la publicidad y esas cosas que te distraen de lo que pasa en el verde césped.
-Que bárbaro me emociona verte en las figuritas redonditas de cartón que yo llegue a juntar en el álbum.
— Pero si me preguntás qué me quedó de todo eso... a mí lo que me emocionó fue verme en la figurita. Verme ahí con la de Independiente. Eso es lo que te queda para siempre, es el reconocimiento de que estuviste ahí, en el lugar donde todos querían estar.
— ¿Te sentís reconocido en tu ciudad?
— Yo no fui de los "elegidos" de acá, había jugadores mejores como Carlos María Sosa o Franco. Pero mi fuerte fue ir allá y pelearla. Me convertí en un jugador diferente después de todo lo vivido. Hoy soy de Boca, pero Independiente me dio de comer y cuando juegan, quiero que gane el Rojo. Eso el fanático no lo entiende, pero el que lo vivió sí.
Se sube a la moto y arranca. El ruido del motor se pierde en la calle, pero sus palabras quedan flotando. Se va el hombre que valió 300 mil dólares y que trabajó de tornero para ser profesional. Se va Salvador, una leyenda que hoy camina con nosotros.