
Hoy, ese rastro de alegría está en peligro. Nos han desplazado a un lugar marginal, un sitio donde la magia no llega y donde el funcionamiento es imposible.
Mientras las plazas se llenan de bares que venden alcohol y las calles se ven ocupadas por estructuras de cemento, a nosotros —que unimos familias y custodiamos la inocencia— se nos cierran las puertas.
Nuestra misión nunca fue el dinero. Por eso, cobramos apenas un 10% de lo que piden esos parques itinerantes que vienen y se van. Por eso, en nuestra calesita, los niños con discapacidad, los nietos de nuestros Veteranos de Guerra, los chicos en situación de calle y los jardines de infantes no pagan.
Para ellos, el carrusel siempre gira gratis, porque el derecho a ser feliz no debería depender del bolsillo.
En más de dos décadas, jamás tuvimos una queja, un problema ni un incidente. Solo recibimos amor. Goya ama su calesita. La gente nos apoya y estamos juntando firmas porque el pueblo sabe que este es un patrimonio emocional que no se puede tirar a la basura por una decisión de oficina.
Le pedimos al Gobierno Municipal que nos escuche. Necesitamos volver a donde late el corazón de la ciudad: la Costanera o la Plaza San Martín. No pedimos privilegios, pedimos seguir trabajando por los más chicos. No dejen que el silencio reemplace la risa de los niños. No dejen que Goya pierda su calesita.
Ramón Cavalieri