Juan Fernando Marcópulos presentó su libro de autoficción lírica como una deuda saldada con su comunidad. En una puesta que mezcló poesía, fe, militancia y música, el autor convirtió la presentación en un acto colectivo donde el pueblo fue el verdadero protagonista.




La Parroquia San José Obrero de Goya fue el sábado 22 de agosto de 2026, el escenario de un acontecimiento cultural inusual. No se trató de una presentación literaria convencional, sino de una “ronda” donde la palabra no se impuso desde el atril, sino que se compartió al calor del mate, con una pala de albañil y un mallón de pescador como objetos escénicos. Allí, Juan Fernando Marcópulos saldó una deuda con su pueblo a través de “De sueños y palas” (Moglia S.R.L., julio de 2026), un libro que es a la vez memoria, poesía, teología y crónica social.
El título no fue una metáfora vacía. “Soñar un mundo mejor y, al mismo tiempo, agarrar la herramienta”, explicó el autor en la apertura del guión. Esa doble pulsión -la utopía y el oficio, la imaginación y la pala- atravesó cada página de una obra que nació “en la orilla del riacho Goya, en las ollas populares, en las reuniones de la comunidad de San José Obrero, en las aulas, en los velatorios y en las fiestas”.
Cuatro voces, una comunidad
El acto, de aproximadamente 90 minutos, se diseñó como un dispositivo coral donde la palabra fue entregada a distintas raíces que alimentaron el libro.
La voz pastoral estuvo a cargo del padre Víctor Hugo “Coqui” Arroyo, un sacerdote de 88 años cuya vida condensó el espíritu del Concilio Vaticano II y la opción preferencial por los pobres. Nacido en Goya en 1938, el “cura obrero” trabajó como plomero y panadero, fue detenido durante la dictadura militar y acompañó la fundación de comunidades parroquiales bajo la guía del obispo Alberto Devoto, a quien Marcópulos dedicó un homenaje en el Congreso de la Nación en 2014.
La voz docente y de la memoria fue encarnada por Gladys Leonor “Beby” Hanke, profesora de Castellano, Literatura y Latín, militante gremial y referente de MEDEHS (Memoria, Derechos Humanos y Solidaridad). Su testimonio fue clave en el juicio por la “Causa Goya” de 2011, y desde su jubilación en 2013 se consolidó como una de las voces más lúcidas del Litoral en la defensa de los derechos humanos.
A continuación, Francisco Hormaechea –bioquímico y ex concejal- tomó la palabra como compañero de militancia democrática desde los tiempos de Balbín. Hormaechea conectó la propuesta del libro -la pala, los pescadores y el cuidado de la casa común- con la encíclica del papa Francisco y los mensajes históricos de Juan XXIII, Pablo VI y el patriarca Bartolomé sobre la ecología integral. Asimismo, destacó que la obra condensa valores fundamentales como el amor, la solidaridad y la participación política entendida como la búsqueda permanente del bien común y el servicio. Frente a los discursos actuales de carácter neofascista basados en el odio, valoró que el texto rescatara las vivencias en carne propia de la pobreza y la organización popular, reafirmando que, si bien la democracia por sí sola no resuelve todas las necesidades, es el único espacio posible para luchar por la justicia, la paz y la dignidad del pueblo.
El vértice musical estuvo a cargo de Perico, músico popular, quien interpretó “Qué triste y qué lindo”, del padre Julián Zini, una canción que ha sido banda sonora de comunidades eclesiales y pastorales juveniles en todo el país. El estribillo –“Por eso estoy aquí cantando, por eso estoy aquí soñando con el hombre feliz, el hombre nuevo, el hombre que te debo, mi país”- sintetizó el espíritu del encuentro.
Un libro de nombres propios
“De sueños y palas” no fue una novela ni un poemario puro ni un ensayo: constituyó un collage de géneros que se construyó sobre nombres concretos. “Ruperta”, una abuela del Barrio Molina Punta a quien los vecinos le hicieron cumplir cien años; “los malloneros”, pescadores que salieron al río con sus canoas; “el ladrillero”, cuyo candombe latió en las páginas; Julia González, a quien el autor le reza en guaraní. “El libro es de ellos”, insistió Marcópulos en su guión, “y uno sólo puso la lapicera”.
La apuesta fue política en el sentido más profundo: no la política partidaria -aunque Marcópulos fue diputado nacional entre 2013 y 2015- sino la política entendida como herramienta de transformación social y cotidiana. El libro citó al obispo Devoto, al Papa Francisco, al Concilio Vaticano, a Medellín, a Puebla, pero también al habla cotidiana correntina, al guaraní, a la tradición musical de Julián Zini y Mamerto Menapace. Fue, en palabras de Hanke, “un documento de historia reciente” que merece leerse en las escuelas.
La elección del espacio no fue casual. San José Obrero representó el templo viejo de Goya, el lugar donde Marcópulos forjó su identidad junto al padre “Coqui” Arroyo y el obispo Devoto. Allí, el sábado 22, la palabra volvió a ser herramienta, el sueño volvió a ser pala, y la literatura, por una noche, dejó de ser un género para convertirse en un acto de comunidad.
Deuda saldada
“Escribí para saldar una deuda con mis hijos”, confesó Marcópulos en su intervención prevista. “La deuda de explicar la causa de nuestras elecciones a quienes no pudieron elegir.” De sueños y palas fue, en ese sentido, un legado: un intento de que la memoria no fuera solo archivo, sino potencia transformadora.
En un momento histórico donde la literatura tendió a refugiarse en el individualismo o en el mercado, esta obra y su puesta en escena reivindicaron una tradición latinoamericana que fue de José Martí a Eduardo Galeano, de la teología de la liberación a las canciones de Zini: la convicción de que la palabra, cuando fue compartida, aún pudo cambiar el mundo.
El sábado 22, en Goya, la literatura se hizo ronda. Y la ronda, como los malloneros, siguió navegando.-