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1 | 2026-08-25 03:08:35


Fuerza después de los 50: mitos y verdades


Por Prof. Educ. Física Gastón Gabiassi. Envejecer no significa volverse débil. Significa que entrenar es más importante que nunca. A medida que pasan los años parece normal perder fuerza, energía y movilidad. Como si el deterioro físico fuera una consecuencia inevitable del envejecimiento. Y aunque es cierto que nuestro cuerpo cambia con el paso del tiempo, hay una diferencia enorme entre lo que produce la edad y lo que produce la inactividad. La realidad es que muchas de las limitaciones que solemos atribuir a los años no aparecen porque cumplimos 50, 60 o 70 años. Aparecen porque dejamos de movernos y de estimular nuestros músculos. La buena noticia es que nunca es tarde para empezar a recuperar terreno. Conocé más en esta nueva entrega.

Sarcopenia. Qué es y cómo combatirla.



A partir de los 30 años comenzamos a perder masa muscular de manera gradual. Este proceso, conocido como sarcopenia, puede acelerarse considerablemente después de los 50 años, especialmente en personas sedentarias.
El problema es que la sarcopenia no afecta solamente la apariencia física.
Afecta la capacidad de subir escaleras, levantarse de una silla, cargar objetos, mantener el equilibrio y reaccionar ante una caída.
En otras palabras, afecta nuestra independencia.
Sin embargo, el músculo conserva una enorme capacidad de adaptación durante toda la vida.
Numerosos estudios han demostrado que personas de 60, 70 e incluso más de 80 años pueden aumentar significativamente su fuerza y su masa muscular cuando realizan programas de entrenamiento adecuados.

Nunca es tarde.

“Ya estoy demasiado grande para empezar”. Es una frase que se escucha seguido.
Pero el entrenamiento de fuerza no tiene una edad máxima de ingreso. De hecho, cuanto más pasan los años, más lo necesitamos.
Otro mito muy común es creer que entrenar fuerza significa necesariamente levantar grandes pesas en un gimnasio.
La fuerza puede trabajarse de muchas maneras: con el peso corporal, bandas elásticas, máquinas, mancuernas o incluso con ejercicios funcionales utilizando elementos cotidianos.
Lo importante no es el elemento que se utiliza, sino generar un estímulo progresivo que obligue al músculo a fortalecerse.
También existe el miedo a lesionarse o a dañar las articulaciones.
Paradójicamente, suele ocurrir lo contrario.
Cuando los músculos son débiles, las articulaciones reciben más estrés. Cuando los músculos se fortalecen, protegen mejor las articulaciones, mejoran la postura y reducen el riesgo de lesiones.
En la mayoría de los casos, el verdadero enemigo no es el entrenamiento. Es la inactividad.

Mucho más que músculos: los beneficios que no se ven

Cuando hablamos de fuerza los beneficios van mucho más allá de lo estético.
Entrenar fuerza ayuda a:
Mantener y aumentar la densidad ósea, reduciendo el riesgo de osteoporosis.
Mejora el equilibrio y la coordinación, disminuyendo la probabilidad de caídas.
Contribuye al control de la glucosa en sangre y mejora la sensibilidad a la insulina.
Ayuda a regular la presión arterial.
Favorece la salud mental, el estado de ánimo y la calidad del sueño.
Y quizás uno de los beneficios más importantes: permite conservar la autonomía. Poder levantarse de una silla sin ayuda, cargar una valija, jugar con los nietos. Simplemente poder seguir haciendo las cosas que nos gustan sin depender constantemente de otras personas.
La fuerza no es solamente una capacidad física. Es una herramienta para conservar libertad.
“No dejamos de movernos porque envejecemos. Envejecemos más rápido porque dejamos de movernos.”
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